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Archive for 29 diciembre 2009

No estaba mal.

Había conseguido terminar el primer movimiento de la pieza, y sólo había cometido un error digno de mención. Además, dudaba de que aquel grupillo de amigos que había juntado en el auditorio supiese notar la diferencia, y si lo hacían, no tenía importancia. Aquello era sólo un ensayo.

No sería lo mismo ante el comité de evaluación. Miembros reputados de todo el país, músicos la mayoría, compositores un par que supiese, algún que otro mandamás. Mirarían con lupa todos sus movimientos, y aún interpretando bien a Rachmaninov, sabía que no sería suficiente. Tendría que dotar a la pieza de vida, de un rasgo único que sólo él fuera capaz de darle, un toque de originalidad, pasión y mesura que les convenciera definitivamente de que él y no otra joven promesa del piano se merecía aquella importane beca, la más prestigiosa del país.

Algo no obstante le decía una y otra vez que no estaría a la altura. Este susurro que le martilleaba la sien, difuso pero continuo, contrastaba con todas las frases que había ido acumulando y sobando en su oído, en su aparato auditivo real. Desconocidos, familiares, amigos íntimos y amigos de conveniencia, todos ellos se habían empeñado en vocear una y otra vez su admiración, lo mucho que significaba él para ellos, todo el talento que tenía y lo especial que era. Pero estaba solo. Ahora, frente al piano, se miró las manos, apoyadas en las rodillas; observó el ligero temblor que sentía en el anular izquierdo.

“Soy imperfecto. Soy normal. No quiero más sonrisas condescendientes ni alabanzas estúpidas. Aquí no hacen otra cosa que lastrarme. ¿Cómo voy a conseguir nada con semejante bagaje de tonterías?”. Cerró los ojos.

-¿Estás bien??

Miró hacia arriba. Él estaba allí. Aún no había llegado a memorizar la partitura, y necesitaba de alguien que pasase las hojas mientras tocaba. Cuando empezó a ensayar pensó que sólo le quería a él para que le ayudara. Recordaba cómo se anotó mentalmente la tarea de avisarle, y de cómo no hizo falta ni separar los labios. Le miró un día en el comedor y fue su amigo el que le pidió acompañarle en los ratos de ensayo, apoyarle durante su preparación. Y ahí le tenía. Sonriéndole. Podría decir sin temor a equivocarse que gracias a su amigo había llegado hasta el dia de hoy sin abandonar.

De súbito, cayendo en la cuenta de algo obvio, sintió una sacudida. Se abrieron los ojos de su ser, y vió, por fin. Podríamos matizar. No veía; por primera vez miraba.

Él sentado, temblando. Su amigo, de pie, sonriendo. Él ante un auditorio semivacío. Su amigo, rodeado siempre de amigos. Él frente a un piano, angustiado, luchando siempre con las teclas. Su amigo, acariciando la guitarra, correspondiendo  acordes íntimos. Él, solo, perdido, batallando por algo que no sabía si quería, por algo que había que hacer. Su amigo, simplemente viviendo. Sonriendo.

Se preguntó ante tales comparaciones, ante tantos contrastes cómo había llegado a esa situación. Maldita sea, se sentía separado de sí mismo, metido en un traje que no paraba de incomodarle a cada movimiento.

Miró hacia el público girando levemente la cabeza; estaban espectantes. Habían sido ellos. Sin quererlo poco a poco habían tejido un futuro, una vida, un “ser” proyectando sus anhelos y halagos en él, ejerciendo de sastres de una cáscara rígida y ajena. De un ataúd que llevaba su nombre.

Volvió a girar la cabeza y proyectó la sombre de su abandono sobre los ojos de miel que le miraban desde la partitura.

” Ya no seré nunca más un desconocido”

Se levantó, agarró el cuaderno con las notas de Rachmaninov, lo cerró con frialdad ante la extrañeza de su amigo y de los asistentes y emprendió el camino de regreso a su vida.

Nunca más volvió a tocar el piano.

NOTA: Suceso real (hasta donde llegan los meros hechos que filtran estas florituras lingüisticas) que me narró de viva voz el que estuvo sosteniendo la partitura.


Verano 2009

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Sueño

He de decir para empezar que tan sólo recuerdo nítidamente una imagen. Un beso, con dos caras como protagonistas: Laura Leiva y Jose, su gran amigo Jose  “el amanerado”, la eterna promesa de escapada del armario.

Durante el sueño también aparecían Fernando Barragan y algún compañero de la antigua facultad que aún no logro recomponer (y tampoco quiero, no vaya a ser que vicie con conciencia mis recuerdos del sueño). Pero el papel de éstos estaba empequeñecido por la gran escena que yo contemplaba, y la cual me es imposible ubicar en ningún tiempo ni marco concretos. Únicamente una puerta se abría en un pasillo (en el cual yo presumiblemente me encontraba) y de ahí emergía la figura enclenque de Jose Ángel, de espaldas, seguida de la de Laura, colgada de sus hombros, mirándose ambos a los ojos, sonrientes, exultantes.

*Como estoy hablando de un sueño, y ya de por sí mi mente tiende a adornar las escenas cotidianas, todo esto que contemplo está engalanado (abarrotado sin gusto sería más adecuado) con infinidad de matices y cargas sentimentales. Tras este apunte, continúo. *

Los dos, absortos en la contemplción mutua, cerraban los ojos un momento sin dejar de sonreír, y se besaban. Despues de un tiempo al cual no consigo dar medida, sus bocas se separaban.

Yo, desde mi posición (tontamente limitada por mi subconsciente en mi propio sueño) sólo alcanzaba a verla a ella. Quedaba enterrado bajo la abrumadora felicidad de la cara de Laura, embellecida con las sutiles pero efectivas cinceladas de la dicha y rodeada del aura casi mística del que se sabe afortunado. La envidia y la tristeza me invadían.

Y ahí acaba mi visión.

Verano 2009

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Hay muchas formas de inaugurar la sección de música, y nunca, si me hubieran dicho hace un tiempo que en un futuro iba a hacer tal cosa, habría pensado que lo haría así. Se me habrían ocurrido cientos de músicos antes que éste.

No sé porqué publico esta entrada, la verdad. Podría ser como un  intento de seguir ampliando los  escasos contenidos que voy a ir colgando en el blog (dibujos, escritos personales, citas, críticas de libros, y ahora música). Podría ser también porque después de un jueves inmisericorde y con unas perspectivas de futuro académico cuatrimestral ciertamente deprimentes me ha dado por ponerme melancólico. O ¡joder! puede que sea simplemente porque siento que necesito compartir esta maravilla con quien se digne a escuchar con paciencia y atención (aunque no sé si eso será pedir demasiado en los tiempos que corren).

Un día el sonido de John Lee Hooker llegó a mis oídos por azar, como tantas otros descubrimientos de esos que, al cabo del tiempo, te hacen preguntarte ¿cómo podría vivir sin esto?. Eso mismo han llegado a pensar músicos de la talla de los Rolling Stones o Van Morrison. Con decir que Bob Dylan fue su telonero allá por 1960…

Estamos ante un clásico del blues, uno más de tantos estadounidenses sureños que emigraron al norte huyendo de la extrema miseria de la américa profunda. Uno más de tantos afroamericanos con una voz cavernosa. Uno más de tantos negros que parecen llevar el ritmo en la sangre y la guitarra pegada al brazo desde siempre. Pero, os lo aseguro, el bueno de John no es uno más. Es único, con sus tirantes, sus característicos calcetines, su semblante serio y sus letras habladas, pero nadie sabe cómo, gritadas quedamente en algún rincón oscuro de nuestra conciencia. Pero sobre todo, es único por su música.

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No si es que…

No hay cosa que odie más que la gente que pone excusas.

No quiero oír vuestras aclaraciones si  no se os piden. Dejad hablar. Dejad de gimotear. Escuchad lo que se os dice.

Quien las usa se delata. Muestra al mundo que tiene o demasiado ego, o demasiado miedo para atender a lo que se le expone.

Las excusas son, en definitiva, un intento de justificar de cara a los demás actitudes para las que ni uno mismo ha encontrado explicación.

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