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Archive for 11 marzo 2010

Hasta que uno no se ha manchado las manos de sangre no es hombre en el sentido intelectual de la palabra. Hasta que uno no tiene remordimientos, certeza de su propia oscuridad, no es ser humano lúcido y consciente. La sangre en las uñas es fundamental. ¿Por qué Ulises es sabio? Pues porque ha sobrevivido a Troya. El héroe que muere en Troya no tiene ningún problema, muere en plena gloria sin plantearse preguntas. Lo malo es cuando el héroe sobrevive y tiene que regresar a Ítaca con los muertos en la memoria, con el grito de las mujeres violadas, con la sangre en las uñas. Ulises es el héroe moderno, interesante de  verdad, el que sobrevive a Troya, el que envejece, el de canas en la barba, el que tiene memoria y horror en la memoria, el que ha bajado a la cueva de Cíclope, el que ha estado en el vientre del caballo de madera. La medalla, el signo que distingue al héroe, es tener sangre en las manos.

Arturo Pérez Reverte, entrevista completa en QUE LEER, nº 152, Marzo 2010, págs. 64-68

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Heme aquí, en la mayor de las oscuridades, danzando infinitamente, poseído por una fuerza que me hace gritar, gritar y gritar, expulsando fuera de mí todo rasgo de humanidad y de conciencia. No soy capaz de oír mi propia voz, y mientras me vacío en pos de un final a esta agonía, la infinitud de la negrura se empeña en señalar mi inexistencia. Estoy cerca de la locura.

J. H. Lende, Memorias de un infierno en al jungla

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Un hombre y una mujer. Él, embelesado, observando cada uno de sus movimientos con ojos anhelantes. ¿Quieres dejar de mirame así? No. No puedo evitarlo. Pues déjalo. No me gusta que me mires así. Es como si, no sé. No me gusta. Me pones nerviosa. Siempre te pongo nerviosa, pero no como yo quisiera. Ahj. Por favor, llama al camarero y déjame un rato tranquila. No entiendo qué te molesta tanto… Sólo te miro. Pues no me mires. Siempre igual. ¿Eres tan desagradable con todo el mundo, o debo sentirme un privilegiado? Siéntete como quieras, pero deja de poner esa cara de…¿De qué? Pareces “completamente” contento. Y qué hay de malo en eso, explícamelo. Es estúpido. ¿Explicármelo o poner esa cara? Ambas. ¿Dónde está ese patán? Te dije que no era una buena idea salir a cenar fuera. Oh vamos. Se imaginó la situación si hubieran acabado quedándose en casa. Deberíamos salir. Eres un aburrido. Bla bla bla. Discusiones. A ella le encantaba discutir. Era su forma de conversar. A él le agotaba. Necesitaba sentirse así. Vacío por dento. Lo aguantaba todo con tal de estar a su lado. No entendía cómo aún seguían juntos. ¿Qué miras? Otra vez. ¿Qué? Si no fueras tan guapa cuando te enfadas, esto sería un infierno. Ella se ruborizó, ligeramente, hizo un gracioso ademán para contenerse, pero se repuso y volvió a fruncir el ceño. Come un poco y deja de mirar a las musarañas. Te miro a ti. Es igual. Para ya. Debe de estar exquisito por lo que han tardado en traerlo. Exquisito o frío. Um. Está frío. Haberte pedido una ensalada. ¿Quieres dejarme comer tranquilo mi pato frío? Deja tú de mirarme. Está bien. Se levantó ante su primero sorprendida y luego inquisitiva mirada. Sabía que estaba debatiéndose entre gritarle o ignorarle y seguir mordisqueando sus hojas como si nada. A medida que se alejaba, notaba en su nuca todo el odio acumulado contra él por hacerla dudar. Eso es lo que necesita. Un poco de indecisión. A ver a qué te sabe eso, cascarrabias.

Ya fuera, sacó un cigarro. Miró el encendedor que ella le había regalado hacía tan sólo tres días y se acordó de lo increíblemente fascinante que resultaba la visión de su cuerpo desnudo. Sabía que hoy también la vería así. Las mujeres son tremendamende predecibles cuando no saben por dónde vas a salir. Sólo hazlas dudar y la tendrás corriendo en pos de ti, muchacho. Aún recordaba las palabras de su padre. Maldito viejo gruñón. Siempre te empeñabas en tener razón, ¿eh? Aunque ahora tenía que pensar en cómo darle la vuelta a la tortilla. Mientras cavilaba, el rítmico sonido de unos tacones interrumpió sus pensamientos. Se giró, y allí estaba ella. La barbilla desafiante, ese andar resuelto y sinuoso, acompasado con todos y cada uno de los rincones de ese cuerpo imperfecto pero tan grácil.

No entendía cómo seguían juntos. Él siempre había creído que encontraría a la mujer de su vida buscando aquellas cosas que no se pueden perder al envejecer. Y, en cierto modo, así era. Nadie le podría quitar todo lo que sus ojos habían visto. Eran, sin duda, el órgano que ella, sin querer, se había empeñado en saciar. Hacían el amor a menudo, hablaban a menudo, discutían aún más amenudo; hacían una cantidad aceptable de cosas juntos. Nunca imaginó que la expresión “pareja” fuese a ser algo tan anodino. Nada de toda esa vida en común se podía califiar de extraordinario. Sin embargo ahora se abalanzaba sobre él una guerrera orgullosa, rugiendo por un nuevo asalto, movida por una sed de lucha que la satisfacía en su sencilla brutalidad. En esa convivencia llena de vanalidades todo quedaba compensado  por aquella visión. Le absorbía. Mirarla era todo lo que deseaba. Podía quedarse horas mirando el ligero palpitar de su cuerpo aún dormido en la mañana. Cuánta belleza. Se preguntó si era cruel desear que fuese muda. Uhm. No existe la perfección.

Lo que no sabía era que ella también sentía por él una atracción monocanal. Pero, en su caso, no eran los ojos el órgano a complacer. Se trataba de sexo. Siempre le habían gustado los tipos rudos, dominantes, esos que suelen preferir decir algo a quedarse callados, aunque no tengan absolutamente nada que decir. De hecho, solían decir estupideces. Pero la conversación a ella le parecía insustancial. Todo el rollo resabido que se traía desde siempre con él le ponía de los nervios. Pero nunca, en su despreocupada y amplia trayectoria de relaciones sexuales había dado con un especimen como aquel. Era, sin él saberlo, extraordinario. Todo lo demás  que acompañaba a su persona eran simples complementos, y aunque a veces podían llegar a ser un engorro, era soportable. No quería ver su secreto desvelado, y por eso trataba de no parecer desesperada, de no dar síntomas de debilidad ante él. Aún así lo cierto era que cada vez que habían estado alejados, necesitaba su marca preferida de heroína, lo reconocía y acababa claudicando. Lo que ella anhelaba sólo podía dárselo él. Y ahí estaba él, tan campante, pensando en quién sabe qué palabrería absurda que tanto le gustaba intentar compartir con ella.

Salió del restaurante, y al ver que no decía nada, le miró. Él clavaba desde hacía tiempo en ella su mirada de manera obsesiva. Esta vez no tenía esos ojos bobos y soñadores. El silencio entre sus pupilas sólo duró un par de segundos. ¿Tienes un cigarrillo? Claro, dijo él.

Vuelta a empezar. Ambos, fumando, se preguntaron cuánto duraría aquella farsa.

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