Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for 14 mayo 2010

¿Tinta negra o azul?

Negra dije.

Aquí tiene, señor mío.

¡Pero si esta es azul amigo!

No, es negra, se lo juro por mi honor de vendedor.

Un honor poco fiable ese del que presume, permítame ser indiscreto.

Por Dios, no señor, no me ofende, pero esta tinta es negra como el carbón, negra como las entrañas de la tierra.

¿Negra como su honor de vendedor?

Esta vez me ofende, señor.

Era una broma, buen hombre. Bromeo porque su tinta también bromea con mis cuadernos, manchándolos de azul.

¡Es negra, pardiez!

¿Sí? Aguada como su honradez.

¡Me insulta! Señor, basta. Viene más clientela.

La vergüenza también la tiene, por lo que veo.

Sentido práctico, señor. Si no se calla ante el resto, no vendo. Asi que aquí tiene, tome, tinta azul, y negra, ésta negra como mi conciencia.

¡Vaya! Por fin nos entendemos. Nunca le pedí que fuera honrado, don timador, tan sólo que fuera inteligente. Eso sí es comerciar. Le volveré a ver cuando necesite tinta negra de la que ahora sé que  tiene.

Váyase al diablo, señor.

¿Qué dijo?

Vaya con Dios, buen señor.

Mentiroso y mezquino. Por fin nos entendemos.

3-2010


Anuncios

Read Full Post »

Fuera hacía frío.

Un abrigo tan grueso estorbaba al comenzar la noche. Ahora, próximo ya el amanecer, Joan agradecía su calidez, aunque no acababa de extinguir los temblores. Demasiado sudor, demasiado contraste de temperaturas.

-¡Vámonos señores!

Este tipo nunca renuncia a su papel de líder animoso. Ni siquiera ahora, tras horas en ese antro, con ojeras que relucían a la luz del cartel de entrada, apestando a tabaco y a alcohol, cejaba en su empeño de resultar alguien de fiar. Al fin y al cabo era un buen tipo, pensaba Joan. De no ser por él no habría venido a Madrid.

El grupo se encaminó hacia el metro, ya abierto a esas horas. No hablaban mucho. Estaban cansados, y en sus cabezas, tras el ruido atronador de la música, no quedaba ya más que un silencio enmarcado por un ligero palpitar y la imagen de una cama.

Joan observaba los andares particularmente ebrios del tipo rubio al que no conseguía dar nombre. Era algo con t. ¿Tomás? ¿Antonio? De repente un tremendo quejido, procendente del callejón de la izquierda hizo que todo el grupo girara la cabeza. Parecía un cerdo con el cuello cortado intentando respirar. Joan era un tipo de ciudad, pero aún así, sin haberlo visto nunca, imaginaba que allí en la oscuridad un animal moría. Los estertores pararon, se oyó un jadear, y de nuevo empezó la oleada de desagradables sonidos.

-¡A alguien se le ha caído el cocido!

Unas risotadas acompañaron a la broma de su amigo, y todos siguieron su camino compartiendo miradas cómplices. Joan se retrasó un poco, y se asomó al callejón.

Iluminada por la luz tenue de una farola cercana, una chica estaba vomitando con violencia. Se apoyaba en la pared, y su menudo cuerpecillo se sacudía con fuertes temblores. A su lado había un tipo desagradablemente sospechoso, que contemplaba a la muchacha  con una mueca de asco y hastío. Joan se sintió invadido por la compasión, y en ese momento, la chica levantó la cabeza en una tregua que le había dado su estómago. Sus miradas se cruzaron. Tenía  los ojos hinchados del esfuerzo, revuelta la dorada melena y  maquillaje  y lágrimas resbalaban por las mejillas.

Joan sonrió, y regresó con los demás. Contrastes. Era el mismo rostro que había contemplado absorto en el local, de eso no había duda. Porque a pesar de su decrepitud, seguía teniendo cierto encanto. Es lo que tienen los ángeles caídos.

Read Full Post »