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Archive for 6 septiembre 2010

Y seguimos aquí.

Dibujando sin tener nada que ver. Esperando sentados a que pase nuestro destino y le reconozcamos, con la ilusión de que la felicidad nos de un par de toques en el hombro.

Dame una cerveza y alguien con quien hablar. Seré capaz de sacar mi mejor sonrisa. Dame algo por lo que luchar, y seré el más valiente de tus guerreros, porque valiente es aquel que tiene miedo y nada por lo que seguir viviendo. Luchar. Sangre sudor y silencio.

En cambio tú, allí sentada, grácil, pareces levitar; tu pelo huele a jazmín desde aquí. Deliro. Mis ojos temen cruzarse con tus pupilas y quedar allí prendidos.

Si no hubiera espejos, si sólo fuéramos capaces de ver lo que nuestra mente siente, tú serías más feliz y yo contigo, porque sería capaz por fin de asomarme a lo más hondo de tu mirada y reconocerme allí en calma.

Gracias por la vida, gracias por estar ahí con los músculos relajados y el mirar perdido esperando la música; mi música. Las notas del atardecer nos abrazan, y nuestros cuerpos acompasados buscan improvisar la sinfonía eterna, esa que lleva sonando desde el principio de los tiempos.

Piel, corazón y sangre. ¿Cómo pudieron esculpir tal David de tan sólo piedra muerta? Piedra salvaje hay en cada montaña, y a pesar de haber montañas en todo el horizonte, no hay figura que se recorte en mis crepúsculos como la de tu cuerpo.

Malditos todos aquellos que sólo miran, ocisosos, su ombligo, regodeándose de su redondez. Maldito yo, entonces, y también mis pervertidas intenciones; ojalá arda en el infierno por pretender hacer de la vida tan sólo un acto vital. Respirar. Mirar. Besar. Soñar. Amar. Caminar.

Y mientras tanto tus labios suspiran y palpitan recordando un tiempo que nunca fue y, sin embargo, existió en tí y en mí.

A. G. G. – 2010

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Dejar de Ser

Érase una vez un hombre que dejó de ser.

Sin embargo, su cuerpo seguía siendo. Era un hecho palpable. Todos los días comía, bebía, hablaba y dormía. En ese sentido, nadie que le hubiera visto diría que estaba incompleto, que le faltaba una parte fundamental, como a un tullido una pierna.

No obstante las personas cercanas a él, tales como sus padres, sus amigos o sus hermanos, sin ver nada en su apariencia que les hiciera sospechar, empezaron a sentirse incómodos en su presencia.

Hablaba pero no decía nada, les miraba pero al tiempo podían sentir cómo sus pupilas les atravesaban. A veces les tocaba, con cuidado, siempre cauteloso, y cuando acababa ese leve contacto, no quedaba de él ningún recuerdo. Tan sólo una leve sensación de ausencia, como cuando el sueño acontece, despertamos y se desvanece sin poder remediarlo.

Al principio él no notó nada raro. Simplemente se levantó un día y ya no era. Hasta ese momento había tenido un lugar en el mundo, motivaciones, un pasado en el que refugiarse, un futuro al que aspirar, un presente que vivir. De repente cualquier cosa que hiciera había dejado de tener importancia.

No lo supo inmediatemente, claro está. Fueron pequeñas cosas durante el sutil transcurso  de los días. Como cuando el espejo devuelve cada mañana la imagen de tu rostro. No deja notar el cambio. Pero un mal día otro espejo en forma de foto refleja cuántos soles ha contemplado tu piel desde aquel “clic” lejano que te retrató. Y la certeza del paso del tiempo y el cambio que ha llenado de arrugas tu cara cae como una losa, aplastándote.

El hombre que dejó de ser empezó a caer en la cuenta de su propìa ausencia por pequeñas fotos, pequeñas imágenes de su vida que le hicieron recordar qué era lo que le faltaba. Un día, por ejemplo, haciendo la compra llegó a la sección de chocolates. Él siempre había sido uno de esos fanáticos del chocolate negro, amargo y auténtico. Cuando alguien le ofrecía chocolate reducido con leche, él respondía orgulloso “No gracias. Yo soy de los de chocolate de verdad.” Ese día en el supermercado, junto a los chocolates, miró el estante con todos esos colores asociados a sabores, y cogió uno al azar. No lo hizo impulsado por querer probar otro sabor. No es que aquella mañana de domingo se hubiera levantado especialmente cansado, o confundido. Nada le apremiaba. Simplemente dio igual. Otro día, haciendo la compra de nuevo, empezó a olvidarse de comprar chocolate.

Así, poco a poco, fue perdiendo esos pequeños rasgos que nos distinguen de cualquier otra persona, esos rasgos que a primera vista no son fáciles de apreciar, pero que nos hacen únicos o imprescindibles a ojos de nuestros seres queridos.

Ésto provocó una criba paulatina en la vida del hombre que dejó de ser. Como cada vez quedaba menos de él, aquellos personas que se le habían acercado por su grandeza (por pequeña que fuera) desaparecieron. Luego fueron cayendo los que se acercaron a él por lo que hacía. No es que ya no se dedicara a nada concreto, sino que cualquier cosa que realizase parecía ser totalmente intrascendente incluso para él mismo.

Iba perdiendo fuerza a medida que dejaba de ser, y al final del proceso sólo quedaron a su lado las personas que le querían precisamente porque no era nadie, más que él. Su familia y sus amigos más allegados, a pesar de no diferenciar nada distinto en él, sentían de alguna manera que les estaba dejando poco a poco.

Decidieron hablar con él, le preguntaron por su trabajo, por su día a día, por su salud. El hombre que estaba dejando de ser respondía a todas sus preguntas, pero no había ningun problema concreto, y por tanto, ninguna solución al enigma que aún era para ellos su ausencia de ser.

Un día como otro cualquiera dejaron de verle en la oficina, y nadie se extrañó. Su familia no sabía que ya no era en la oficina, y cuando se enteró, su padre fue allí a preguntar por él. “¿Quién? No sé de quién me habla”. Nadie le recordaba.

Sus padres acudieron a su casa, desesperados y preocupados. Al entrar le encontraron mirando por la ventana, arreglado. Llevaba una camisa blanca, un vaquero gastado por el uso e iba descalzo. Les miró, y su figura recortada por la luz que entraba a raudales pareció más pequeña de lo habitual.

“Hijo mío…”. Y las lágrimas y las palabras fueron un torrente sin sentido, un intercambio de golpes al aire,  de miradas y suspiros que contrariaron al hombre que estaba dejando de ser. Tras varios “con lo que tú eras…” que le contrariaron aún más, sus padres lograron sacar de sus labios secos un “no os preocupéis, todo va a cambiar”. Parecía decírselo a sí mismo más que a sus progenitores, que le miraban compungidos y cansados. Su tiempo se agotaba y eran testigos de la pérdida de una parte de su ser, de su hijo.

Después de aquel encuentro, el hombre que había dejado de ser hizo una última cosa. Llamó a su mejor amigo. Su amigo se extrañó, llevaba mucho sin llamar, pero al fin y al cabo se alegró. Charlaron animosamente sobre los viejos tiempos, rieron. De repente, un largo silencio. El hombre que había dejado de ser pronunció entonces el nombre de su amigo. Su voz sonó pesada, cansada pero resuelta, con un tono que por primera vez en mucho tiempo sonaba profundo y cargado de significado. “¿Qué quieres?” respondió su amigo.

-Recuérdame tal y como una vez fui.

Y colgó. Le buscaron en su piso, en los sitios que habían sido para él favoritos. Lo denunciaron a la policía. Pero nunca se supo nada más de él, y poco a poco su recuerdo, como su ser, desapareció.

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