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Archive for 11 marzo 2011

Hay una ciega delante de mí. Está desayunando con su marido, ambos callados. Él lee el periódico con pausa y ella juguetea con el café, removiéndolo despacio. Está de espaldas a mí, pero veo sus dedos finos, delicados, bellos. El bastón blanco que guía sus pasos a través de leves caricias ahora descansa callado a su lado.

Me pregunto cómo será su día a día por un breve instante tan solo. Entonces se levanta y al girar la cabeza su larga y cuidada melena castaña descubre un rostro maduro pero aún tocado por la gracia del atractivo. Sus rasgos son armoniosos, como el resto de su cuerpo. Camina erguida, digna, rozando con su bastón las sillas del bar, construyendo un camino sonoro hasta los servicios.

Por alguna extraña razón me siento conmovido y a la vez atrapado por la visión de esa mujer, que, precisamente, es incapaz de ver. Pienso, imagino, que una mujer así podría estar si quisiera con cualquier hombre. Pero no cualquiera podría estar con ella. Esa imposibilidad no está motivada por su ceguera ni por su indudable belleza. Ella ha contemplado infiernos oscuros, o quién sabe si de un deslumbrante y sobrecogedor blanco. Ha aprendido a moverse por un mundo de sensaciones construidas dentro de sí con referencias desconocidas para la mayoría. El caminar de sus pies es más resuelto que el del resto; no requieren sus pasos ver, sino creer. Su tacto es infinitamente más sabio que nuestros ansiosos y apresurados dedos de hombre, y sus labios no sólo besan, te han de mirar también.

Oigo de nuevo el tic-tac de su bastón, y mientras se acerca  a su mesa distingo casi físicamente todo eso que la conforma y diferencia de todas las demás. Bebo un sorbo de mi café. Está ya frío y ha dejado de saber a mañana. Me dispongo a pagar y pienso en cómo sería ser ciego. Inmediatamente después pienso que debería pensar menos.

A.G.G.

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