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Archive for the ‘Papeles recordados’ Category

Qué difícil es amar con dudas.

Siempre imaginé que el querer eran cuestiones absolutas, que no cabrían las medias tintas al reconocer el rostro amado, que los besos siempre serían sinceros y que los días querrían ser ofrendas entregadas a la razón de tu ser.

Sin embargo me encontré abrazado a un calor, entregado a un cuerpo por el simple hecho de no estar solo, disfrutando de tu placer, sintiendo oleadas de reconocimiento, sintiéndome útil en la medida en que conseguía hacerte feliz. Sumido en la vorágine de atardeceres, noches, sábanas y amaneceres lubricados con alcohol me dejaba guiar por la mano ajena del devenir, sin cavilar, riéndome niño, disfrutando y sintiéndome culpable al tiempo. Un regalo por nada, premios recogidos tras una gran interpretación. Por fin protagonista. Falso. Fondos corrompidos, reflejos de algo que me gustaría ser para alguien que no fueras tú.

No diré que no recordaré tu compañía con agrado. Fueron momentos vividos al abandono, al quizás y a los rostros de otras épocas. Mientras tú reconocías en mi sonrisa tus sueños, yo vivía en tus labios promesas de otros tiempos, probaba la saliva que lubricaría las lenguas de mis anhelos. Por un momento creí que podía incluso engañarme a mí mismo y sucumbir al conformismo, a las sonrisas cómplices trucadas con antelación, a las bromas de segunda mano, a los gemidos enloquecidos en pos de una idea y no de unos ojos. Pero fue precisamente mirando en el fondo de esas pupilas tuyas cuando un rostro, el mío, se vió a sí mismo henchido de egoísmo.

Fue una historia bella al igual que cruel. Como aquella novela barata escrita por y para su final. El fin resultó el origen de la historia; ambos sabíamos hacia dónde nos dirigíamos, y seguimos a pesar de ello escribiendo, encadenando una palabra detrás de otra, convirtiendo las horas en días, los días en meses y qué se yo; el tiempo no corre igual para los que viajan montados en este tren, pequeña. Así que paren, yo me bajo aquí.

Estando solo me siento más sincero.

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En los ojos de los viejos y de las despedidas brilla el orgullo y la nostalgia por las historias que ya solo contempla la memoria.

A. G. G. 2011


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Habíamos pedido nuestras dos copas, ginebra con limón para mí y ron cola para mi compañero de vicisitudes discotequeras, cuando aquel tipo me tocó el hombro. Al girarme me saludó con un efusivo “¡amigo mío!”  y entró brusca e irremisiblemente a formar parte de nuestro repertorio de historias que contar.

Miré extrañado al desconocido, correspondiendo a su abrazo en un acto reflejo. Al notar mi perplejidad, me guiñó un ojo y ladeó la cabeza señalándome algo a su izquierda.”Nosotros somos dos, he observado que vosotros también, y ellas, mi querido viejo amigo, son cuatro. ¿Qué os parece organizar un frente común?”

¿Qué nos iba a parecer? Llevábamos ya tres rondas corriendo por nuestras venas y los calores de aquel antro nos habían obligado a enloquecer con tanto escote y pseudocinturon ancho que trataba de pasar por minifalda. Mi recién estrenado amigo me leyó la cara como si me conociera de toda la vida, se colgó de mi hombro y obligándome a girar hacia aquellas cuatro féminas perdidas y anhelantes en la barra de la discoteca, me espetó un travieso “¿cuál te gusta?”. Aquella noche iba a arder Troya, lo sentía en mi espina dorsal. “La de la minifalda tableada. Parece una colegiala…”. Por su gesto lascivo y cargado de complicidad, deduje que bajo su punto de vista era una buena elección. Me miró, sonrió para sus adentros y se lanzó al círculo que habían formado las chicas como un valeroso gladiador irrumpiendo en la arena, dispuesto a lidiar con el grupo de fieras de turno.

Observé mientras tanto que el compañero de mi nuevo mejor amigo había entablado conversación con mi acompañante real, y los dos reían a carcajadas, quizás compartiendo profundas complicidades forjadas en dos minutos de honesta y sincera relación. Así, me encontré cavilando sobre cómo el alcohol podría llegar a recetarse para casos especialmente severos de timidez, cuando vi a mi recién adquirido amigo sacando del grupo de cuatro mujeres al capricho morboso y colegial. Tiraba decidido de sus dos menudos brazos, y así recorrió los dos metros que nos separaban, plantándondola acto seguido ante mis narices. “Éste es Fernando, el viejo amigo del que te hablaba”. Volvió a guiñarme un ojo complacido, orgulloso de sí mismo, y sin más se largó.

Miré a la chica con atención por primera vez, y comprendí el motivo por el que había salido aquella noche. Sonreía con estudiada timidez,  y me miraba con la cabeza ligeramente gacha, provocadora, irresistible. Observé sin disimulo su cuerpo menudo, firme, y cómo sus manos jugueteaban la una con la otra. Frente a esa aparente delicadeza con la que se presentaba ante mí, su pelo, ni largo ni corto, moreno, enmarcaba unos ojos marrón miel que clavaban en los míos con decisión y fijeza.

Ambos sonreíamos, divertidos, y no había mejor señal posible. Terminé la faena por el camino rápido, que no el más fácil: la sinceridad.

– Je, verás, no conozco de nada a ese tipo. Bueno, hasta hace dos minutos no sabía ni que existía. Ha salido de la nada; no sé qué te habrá dicho, pero estás aquí… – ella reía, yo no acababa de saber por qué – …asi que ahora tienes dos opciones: o besarme inmediatamente, o besarme después, porque lo único que sé sobre esta gente es que no van a dejarnos en paz hasta que lo hagas.

Hizo una pequeña pausa, y estalló en una carcajada contenida, sin dejar de mirarme. Proseguí.

– Por cierto, ¿cómo te llamas? – yo apenas podía contener la risa.

Entonces, sus labios compusieron una expresión nueva. Sus pupilas adquirieron profundidad. Su diminuta mano trepó hasta mi cuello, ciñéndose a él,  poderosa, y me atrajo hacia su boca, poco a poco.  El tiempo ralentizó su marcha mientras intercambiamos aquel momento. Por un instante fuimos una sola intención. La música, los gritos, todo sonido a nuestro alrededor redujo su intensidad, quedando fuera de nuestra burbuja de complicidad. Susurró su nombre antes de fundirse conmigo en nuestro primer beso.

Hoy, mucho tiempo después de aquel episodio, no recuerdo ese nombre, y aún menos el de esos dos desconocidos que lo hicieron posible. Hubo más extraños encuentros con otras muchachas de inicales y rostros perdidos en el olvido. Ahora no obstante todo ha quedado sepultado bajo el peso de tu ser. Desde que te conocí sólo sé pronunciar hoy tu nombre, ese que ha transformado mis noches.

Pero esa es otra historia.

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Ey, no nos engañemos, el género humano a menudo apesta. Sí, es bueno decirlo, darse cuenta, tomar conciencia. Jode, porque aunque al final ineludiblemete todos acabamos siendo unos hideputas, perdón por la expresión, al principio del cuento siempre tenemos buenas intenciones.

Ahora es cuando el que suscribe y la mayoría de los que leen piensan que no, que en nuestro caso somos fundamentalmente buenos, y nuestras intenciones y aspiraciones no conllevan ninguna hostilidad para con el prójimo. Y eso, amigo mío, es imposible. Somos demasiados, y los recursos a los que aspiramos, sea comida, un puesto de trabajo, una churri ( o churro), el dinero o simplemente los asientos en el metro son aspectos materiales y por lo tanto limitados. Lo que se traduce en conflicto. ¿O es que piensas regalar tu dinero? No seas hippiepollas, hazte un favor.


Otra cosa es que haya dado precisamente con el único lector yuppi o loco ( o precisamente cuerdo) al que lo tangible se la trae al pairo y lo que valora tanto en él como en los demás son esas cosas pertenecientes al ámbito de lo etéreo y difuso, como es la amistad, el amor, (el humor), la belleza, la lealtad, la honestidad…en fin, si no eres tú, no hace falta que continúe sonrojándote enumerando aquello que debería importarte, y si lo eres, pues bien, ya me entiendes; el rollo ese que es tan sumamente fácil de comprender y harto difícil de llevar a la práctica. Pero estoy empezando a divagar: hideputas.

Tengo la suerte de haberme cruzado a lo largo de mi vida con personas que son lo suficientemente sensatas como para darse cuenta de que nadie es ni bueno ni malo, dentro de los estándares habituales de esta palabras. Esa gente me ha hecho ver que en cualquier momento lo que tenemos delante, todos y cada uno, son opciones, elecciones ante una situación real, y que es la manera en que las afrontamos lo que nos define, no una idea preconcebida de ser humano. Así, tanto en tí como en mí existe la posibilidad de hacer cabronadas, hablando en plata, o de no hacerlas, o incluso la opción de hacer algo digno que nos diferencie de los chimpancés. Resumiendo: todos somos hideputas, pero podemos escoger no desarrollar ese lado.

Por esto prefiero huir (y tú deberías de hacer lo mismo, hablo en serio) tanto de los beatos estúpidos que creen que todo es genial como de aquellos pesimistas empedernidos que ven una especie de sino maléfico irrenunciable en sus quehaceres. La cosa no va a pecar hagas lo que hagas, joder. Y aunque seas el mismísimo Satanás, tú también puedes encontrar nuevos hobbies más constructivos que ir haciendo el mal. Eso sí, somos todos unos cabroncetes en potencia, y aunque lo seamos sólo en potencia siempre nos llega la hora de meter la pata, porque somos humanos: falibles, torpes y con dudosa rectitud moral, si alguna vez alguno de nosotros la tuvo.

Ahora bien; sabiendo esto, siendo conscientes de nuestsa capacidad de elección, nos toca luchar por no claudicar. Hemos de reconocer el mal, mirarlo a los ojos y desafiarlo con testarudez, aunque el primer paso  de esta terna suela ser el más complicado. Eso es lo que me gusta de tipos como Nietzsche: reconocen la imperfección, pero luchan por cambiar ese estado, porque tienen la convicción de que hay otra realidad posible. Y si no pretenden cambiarlo, como nos suele pasar a todos (es una labor titánica), al menos no se engañan. Ni a ellos mismos ni a ti. Mejor la honestidad, aunque duela.

Me caen bien los cabrones honestos, no puedo evitarlo. Saben que el hombre es una hermosa posibilidad. Hilando con esto último, no recuerdo bien donde leí algo parecido a…“preocúpate cuando nadie sea capaz de decirte que haces algo mal, porque significará que nadie cree que puedas hacerlo bien.”

2010

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Y seguimos aquí.

Dibujando sin tener nada que ver. Esperando sentados a que pase nuestro destino y le reconozcamos, con la ilusión de que la felicidad nos de un par de toques en el hombro.

Dame una cerveza y alguien con quien hablar. Seré capaz de sacar mi mejor sonrisa. Dame algo por lo que luchar, y seré el más valiente de tus guerreros, porque valiente es aquel que tiene miedo y nada por lo que seguir viviendo. Luchar. Sangre sudor y silencio.

En cambio tú, allí sentada, grácil, pareces levitar; tu pelo huele a jazmín desde aquí. Deliro. Mis ojos temen cruzarse con tus pupilas y quedar allí prendidos.

Si no hubiera espejos, si sólo fuéramos capaces de ver lo que nuestra mente siente, tú serías más feliz y yo contigo, porque sería capaz por fin de asomarme a lo más hondo de tu mirada y reconocerme allí en calma.

Gracias por la vida, gracias por estar ahí con los músculos relajados y el mirar perdido esperando la música; mi música. Las notas del atardecer nos abrazan, y nuestros cuerpos acompasados buscan improvisar la sinfonía eterna, esa que lleva sonando desde el principio de los tiempos.

Piel, corazón y sangre. ¿Cómo pudieron esculpir tal David de tan sólo piedra muerta? Piedra salvaje hay en cada montaña, y a pesar de haber montañas en todo el horizonte, no hay figura que se recorte en mis crepúsculos como la de tu cuerpo.

Malditos todos aquellos que sólo miran, ocisosos, su ombligo, regodeándose de su redondez. Maldito yo, entonces, y también mis pervertidas intenciones; ojalá arda en el infierno por pretender hacer de la vida tan sólo un acto vital. Respirar. Mirar. Besar. Soñar. Amar. Caminar.

Y mientras tanto tus labios suspiran y palpitan recordando un tiempo que nunca fue y, sin embargo, existió en tí y en mí.

A. G. G. – 2010

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Un hombre y una mujer. Él, embelesado, observando cada uno de sus movimientos con ojos anhelantes. ¿Quieres dejar de mirame así? No. No puedo evitarlo. Pues déjalo. No me gusta que me mires así. Es como si, no sé. No me gusta. Me pones nerviosa. Siempre te pongo nerviosa, pero no como yo quisiera. Ahj. Por favor, llama al camarero y déjame un rato tranquila. No entiendo qué te molesta tanto… Sólo te miro. Pues no me mires. Siempre igual. ¿Eres tan desagradable con todo el mundo, o debo sentirme un privilegiado? Siéntete como quieras, pero deja de poner esa cara de…¿De qué? Pareces “completamente” contento. Y qué hay de malo en eso, explícamelo. Es estúpido. ¿Explicármelo o poner esa cara? Ambas. ¿Dónde está ese patán? Te dije que no era una buena idea salir a cenar fuera. Oh vamos. Se imaginó la situación si hubieran acabado quedándose en casa. Deberíamos salir. Eres un aburrido. Bla bla bla. Discusiones. A ella le encantaba discutir. Era su forma de conversar. A él le agotaba. Necesitaba sentirse así. Vacío por dento. Lo aguantaba todo con tal de estar a su lado. No entendía cómo aún seguían juntos. ¿Qué miras? Otra vez. ¿Qué? Si no fueras tan guapa cuando te enfadas, esto sería un infierno. Ella se ruborizó, ligeramente, hizo un gracioso ademán para contenerse, pero se repuso y volvió a fruncir el ceño. Come un poco y deja de mirar a las musarañas. Te miro a ti. Es igual. Para ya. Debe de estar exquisito por lo que han tardado en traerlo. Exquisito o frío. Um. Está frío. Haberte pedido una ensalada. ¿Quieres dejarme comer tranquilo mi pato frío? Deja tú de mirarme. Está bien. Se levantó ante su primero sorprendida y luego inquisitiva mirada. Sabía que estaba debatiéndose entre gritarle o ignorarle y seguir mordisqueando sus hojas como si nada. A medida que se alejaba, notaba en su nuca todo el odio acumulado contra él por hacerla dudar. Eso es lo que necesita. Un poco de indecisión. A ver a qué te sabe eso, cascarrabias.

Ya fuera, sacó un cigarro. Miró el encendedor que ella le había regalado hacía tan sólo tres días y se acordó de lo increíblemente fascinante que resultaba la visión de su cuerpo desnudo. Sabía que hoy también la vería así. Las mujeres son tremendamende predecibles cuando no saben por dónde vas a salir. Sólo hazlas dudar y la tendrás corriendo en pos de ti, muchacho. Aún recordaba las palabras de su padre. Maldito viejo gruñón. Siempre te empeñabas en tener razón, ¿eh? Aunque ahora tenía que pensar en cómo darle la vuelta a la tortilla. Mientras cavilaba, el rítmico sonido de unos tacones interrumpió sus pensamientos. Se giró, y allí estaba ella. La barbilla desafiante, ese andar resuelto y sinuoso, acompasado con todos y cada uno de los rincones de ese cuerpo imperfecto pero tan grácil.

No entendía cómo seguían juntos. Él siempre había creído que encontraría a la mujer de su vida buscando aquellas cosas que no se pueden perder al envejecer. Y, en cierto modo, así era. Nadie le podría quitar todo lo que sus ojos habían visto. Eran, sin duda, el órgano que ella, sin querer, se había empeñado en saciar. Hacían el amor a menudo, hablaban a menudo, discutían aún más amenudo; hacían una cantidad aceptable de cosas juntos. Nunca imaginó que la expresión “pareja” fuese a ser algo tan anodino. Nada de toda esa vida en común se podía califiar de extraordinario. Sin embargo ahora se abalanzaba sobre él una guerrera orgullosa, rugiendo por un nuevo asalto, movida por una sed de lucha que la satisfacía en su sencilla brutalidad. En esa convivencia llena de vanalidades todo quedaba compensado  por aquella visión. Le absorbía. Mirarla era todo lo que deseaba. Podía quedarse horas mirando el ligero palpitar de su cuerpo aún dormido en la mañana. Cuánta belleza. Se preguntó si era cruel desear que fuese muda. Uhm. No existe la perfección.

Lo que no sabía era que ella también sentía por él una atracción monocanal. Pero, en su caso, no eran los ojos el órgano a complacer. Se trataba de sexo. Siempre le habían gustado los tipos rudos, dominantes, esos que suelen preferir decir algo a quedarse callados, aunque no tengan absolutamente nada que decir. De hecho, solían decir estupideces. Pero la conversación a ella le parecía insustancial. Todo el rollo resabido que se traía desde siempre con él le ponía de los nervios. Pero nunca, en su despreocupada y amplia trayectoria de relaciones sexuales había dado con un especimen como aquel. Era, sin él saberlo, extraordinario. Todo lo demás  que acompañaba a su persona eran simples complementos, y aunque a veces podían llegar a ser un engorro, era soportable. No quería ver su secreto desvelado, y por eso trataba de no parecer desesperada, de no dar síntomas de debilidad ante él. Aún así lo cierto era que cada vez que habían estado alejados, necesitaba su marca preferida de heroína, lo reconocía y acababa claudicando. Lo que ella anhelaba sólo podía dárselo él. Y ahí estaba él, tan campante, pensando en quién sabe qué palabrería absurda que tanto le gustaba intentar compartir con ella.

Salió del restaurante, y al ver que no decía nada, le miró. Él clavaba desde hacía tiempo en ella su mirada de manera obsesiva. Esta vez no tenía esos ojos bobos y soñadores. El silencio entre sus pupilas sólo duró un par de segundos. ¿Tienes un cigarrillo? Claro, dijo él.

Vuelta a empezar. Ambos, fumando, se preguntaron cuánto duraría aquella farsa.

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<<Soluciones para una situación crítica:

1. Destruir, eliminar o matar al causante de la situación

2. Sustituir la situación por otra. Preferiblemente, que sea menos crítica.

3. Aceptación. Trágate la mierda. No es necesario que la disfrutes, pero aprende a pasar el mal trago, o incluso a vivir con ese excremento incrustado en tu laringe.

4. Huida. Si hay problemas, corre. Muy lejos. Más vale que hayas entrenado, porque los problemas son el animal más persistente que existe.

5. Transformación. Reinventa un tú nuevo para el cual la situación no sea crítica. Solución no válida para narcisistas.

6. Suicidio. La forma de huida definitiva. No está garantizado que los problemas no puedan viajar al más allá. Solución no válida para narcisistas no románticos.

7. Abandono. La situación crítica vence, pero por incomparecencia del rival. Ganas una victoria moral, pero has abandonado. Solución no válida para orgullosos.

8. Sugestión. Te convences de que la situación no es tan crítica. No solucionas nada, pero ya no hay situación crítica. Ahora sólo es un problemilla. Quizás eso te ayude a resolverlo.

9. Locura. Es difícil hacerse el loco, y más aún serlo, pero tras convencer a los demás de tu falta de cordura te meten en un sitio acolchado donde no hay más situaciones críticas. Salvo la obvia. ¡Estás loco chaval!

10. Escribir. Hay quien lo considera de locos (equivalente a hablar solo). Puede servir para sugestionarse positivamente. Huyes, abandonas y aceptas a un tiempo. Consigues, entregándote al ejercicio hipnótico de convertir palabras en intención, transformarte en un asesino de situaciones críticas. Las tornas en oportunidades de hablarle al papel. Solución apta para todo tipo de personas.

P.S.: ¿alguna otra sugerencia? >>

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Decálogo encontrado como una última anotación en la libreta de un expedicionario en 1964. El cuaderno de viaje se hallaba entre las escasas pertenencias que se consiguieron rescatar tras la búsqueda infructuosa del aventurero. Sus familiares informaron de la desaparición a las autoridades tras encontrar una misteriosa nota en la que el sujeto, de 30 años de edad, avisaba de una pronta partida al desierto “hacia la victoria”. Su madre leyó incrédula el escueto mensaje escrito con una caligrafía apresurada. Y efectivamente, fue en el desierto Victoria, en Australia, bajo un arbusto, donde descubrieron los últimos objetos que le ligaban a este mundo.

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