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Archive for the ‘Sueños’ Category

Qué difícil es amar con dudas.

Siempre imaginé que el querer eran cuestiones absolutas, que no cabrían las medias tintas al reconocer el rostro amado, que los besos siempre serían sinceros y que los días querrían ser ofrendas entregadas a la razón de tu ser.

Sin embargo me encontré abrazado a un calor, entregado a un cuerpo por el simple hecho de no estar solo, disfrutando de tu placer, sintiendo oleadas de reconocimiento, sintiéndome útil en la medida en que conseguía hacerte feliz. Sumido en la vorágine de atardeceres, noches, sábanas y amaneceres lubricados con alcohol me dejaba guiar por la mano ajena del devenir, sin cavilar, riéndome niño, disfrutando y sintiéndome culpable al tiempo. Un regalo por nada, premios recogidos tras una gran interpretación. Por fin protagonista. Falso. Fondos corrompidos, reflejos de algo que me gustaría ser para alguien que no fueras tú.

No diré que no recordaré tu compañía con agrado. Fueron momentos vividos al abandono, al quizás y a los rostros de otras épocas. Mientras tú reconocías en mi sonrisa tus sueños, yo vivía en tus labios promesas de otros tiempos, probaba la saliva que lubricaría las lenguas de mis anhelos. Por un momento creí que podía incluso engañarme a mí mismo y sucumbir al conformismo, a las sonrisas cómplices trucadas con antelación, a las bromas de segunda mano, a los gemidos enloquecidos en pos de una idea y no de unos ojos. Pero fue precisamente mirando en el fondo de esas pupilas tuyas cuando un rostro, el mío, se vió a sí mismo henchido de egoísmo.

Fue una historia bella al igual que cruel. Como aquella novela barata escrita por y para su final. El fin resultó el origen de la historia; ambos sabíamos hacia dónde nos dirigíamos, y seguimos a pesar de ello escribiendo, encadenando una palabra detrás de otra, convirtiendo las horas en días, los días en meses y qué se yo; el tiempo no corre igual para los que viajan montados en este tren, pequeña. Así que paren, yo me bajo aquí.

Estando solo me siento más sincero.

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Estuve soñando otra vez con cosas incoherenes, traídas desde no sé que rincón oscuro de mi subconsciente, y ahora interpretadas (y viciadas) por mi yo consciente. Es curioso no obstante cuán reveladores son estos recuerdos. Sin embargo siempre comienzan sin ningún título que nos haga intuir de qué va hoy  la historia.

En primer lugar fue una chancla. Una chancla de piscina, de esas con la suela de plástico y una tira también de plástico destinada a abrazar el empeine. Estaba medio hundida en la arena. Al lado de la chancla reconocía marcas de pies, las cuales recuerdo con asombroso detalle. Cómo estaba mucho más hundida la parte correspondiente al talón, cómo se separaba el pulgar del resto de dedos, y esa uniformidad en la pisada característica de los pies planos. Mi mirada se desviaba entonces hacia arriba, y me encontraba con el mar. Allí estaba en su plenitud, un banda horizontal que separaba dos azules. Mi ojos no encontraban límites ni a la izquierda ni a la derecha, y me esforzaba en escudriñar la única referncia, aquel horizonte, entrecerrando los ojos, intentando encontrar ese punto en el que cambia la curvatura terrestre hacia abajo.

Y sin previo aviso, el tacto de la arena desapareció de la planta del pie. Estaba cayendo. Mi obstinación me había llevado al precipicio en el que se acaba el mundo, y de repente caía. Lo único que veía era un azul oscuro cambiando vertiginosamente a negro. Me sumergía en la oscuridad, gritaba, pero no oía mi propia voz. Iba  demasiado rápido,  dejaba atrás el sonido. La nada lo cosumía todo, lo deglutía ansiosa de experiencia. En la negrura total perdí la sensación de velocidad, y solo flotaba. Dejé de distinguir entre tener los ojos abiertos o cerrados, mi mente se abrió a la realidad y la realidad penetró en mí, fundiéndose ambas en ese oscuro vacío. Dejé de respirar. Allí eso no tenía sentido Había llegado a un limbo, y justo cuando me disponía a aceptar mi desaparición, una luz llamó mi atención. Un pequeño punto de luz que iba poco a poco expandiéndose. No, no se expandía, venía directo hacia mí. En un instante la blancura me engulló, y noté el frío suelo contra mi carne. Era frío y rugoso, y sentí el crujir de mis huesos contra su dureza, contemplé horrorizado cómo mi piel cedía sin poder contenerme ante el golpe brutal, y cómo ya rota dejaba salir absolutamente todo lo que había dentro de mí.

Inexplicablemente, la masa sanguinolenta a la que había quedado reducido mi cuerpo tras el impacto aún era capaz de albergar el sentido del tacto. Porque noté cómo la aspereza del suelo se transformaba en suave caricia y el frío abrazo de mi caída en una agradale calidez.

Eran mis sábanas en la piel, agitadas por el roce de mis  desesperados brazos y piernas. El reloj aún marcaba las 4:33, pero no conseguí pegar ojo hasta el amanecer. A pesar de la luz, dormí la hora que me dio de tregua el despertador. Mi padre me miró a los ojos durante el desayuno, pensativo, y masculló con gesto disgustado:

-Deberían dejar morir a ese perro los vecinos. Los ruidos esta noche han sido espantosos.


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Sueño

He de decir para empezar que tan sólo recuerdo nítidamente una imagen. Un beso, con dos caras como protagonistas: Laura Leiva y Jose, su gran amigo Jose  “el amanerado”, la eterna promesa de escapada del armario.

Durante el sueño también aparecían Fernando Barragan y algún compañero de la antigua facultad que aún no logro recomponer (y tampoco quiero, no vaya a ser que vicie con conciencia mis recuerdos del sueño). Pero el papel de éstos estaba empequeñecido por la gran escena que yo contemplaba, y la cual me es imposible ubicar en ningún tiempo ni marco concretos. Únicamente una puerta se abría en un pasillo (en el cual yo presumiblemente me encontraba) y de ahí emergía la figura enclenque de Jose Ángel, de espaldas, seguida de la de Laura, colgada de sus hombros, mirándose ambos a los ojos, sonrientes, exultantes.

*Como estoy hablando de un sueño, y ya de por sí mi mente tiende a adornar las escenas cotidianas, todo esto que contemplo está engalanado (abarrotado sin gusto sería más adecuado) con infinidad de matices y cargas sentimentales. Tras este apunte, continúo. *

Los dos, absortos en la contemplción mutua, cerraban los ojos un momento sin dejar de sonreír, y se besaban. Despues de un tiempo al cual no consigo dar medida, sus bocas se separaban.

Yo, desde mi posición (tontamente limitada por mi subconsciente en mi propio sueño) sólo alcanzaba a verla a ella. Quedaba enterrado bajo la abrumadora felicidad de la cara de Laura, embellecida con las sutiles pero efectivas cinceladas de la dicha y rodeada del aura casi mística del que se sabe afortunado. La envidia y la tristeza me invadían.

Y ahí acaba mi visión.

Verano 2009

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