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Posts Tagged ‘beso’

Hay una ciega delante de mí. Está desayunando con su marido, ambos callados. Él lee el periódico con pausa y ella juguetea con el café, removiéndolo despacio. Está de espaldas a mí, pero veo sus dedos finos, delicados, bellos. El bastón blanco que guía sus pasos a través de leves caricias ahora descansa callado a su lado.

Me pregunto cómo será su día a día por un breve instante tan solo. Entonces se levanta y al girar la cabeza su larga y cuidada melena castaña descubre un rostro maduro pero aún tocado por la gracia del atractivo. Sus rasgos son armoniosos, como el resto de su cuerpo. Camina erguida, digna, rozando con su bastón las sillas del bar, construyendo un camino sonoro hasta los servicios.

Por alguna extraña razón me siento conmovido y a la vez atrapado por la visión de esa mujer, que, precisamente, es incapaz de ver. Pienso, imagino, que una mujer así podría estar si quisiera con cualquier hombre. Pero no cualquiera podría estar con ella. Esa imposibilidad no está motivada por su ceguera ni por su indudable belleza. Ella ha contemplado infiernos oscuros, o quién sabe si de un deslumbrante y sobrecogedor blanco. Ha aprendido a moverse por un mundo de sensaciones construidas dentro de sí con referencias desconocidas para la mayoría. El caminar de sus pies es más resuelto que el del resto; no requieren sus pasos ver, sino creer. Su tacto es infinitamente más sabio que nuestros ansiosos y apresurados dedos de hombre, y sus labios no sólo besan, te han de mirar también.

Oigo de nuevo el tic-tac de su bastón, y mientras se acerca  a su mesa distingo casi físicamente todo eso que la conforma y diferencia de todas las demás. Bebo un sorbo de mi café. Está ya frío y ha dejado de saber a mañana. Me dispongo a pagar y pienso en cómo sería ser ciego. Inmediatamente después pienso que debería pensar menos.

A.G.G.

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Habíamos pedido nuestras dos copas, ginebra con limón para mí y ron cola para mi compañero de vicisitudes discotequeras, cuando aquel tipo me tocó el hombro. Al girarme me saludó con un efusivo “¡amigo mío!”  y entró brusca e irremisiblemente a formar parte de nuestro repertorio de historias que contar.

Miré extrañado al desconocido, correspondiendo a su abrazo en un acto reflejo. Al notar mi perplejidad, me guiñó un ojo y ladeó la cabeza señalándome algo a su izquierda.”Nosotros somos dos, he observado que vosotros también, y ellas, mi querido viejo amigo, son cuatro. ¿Qué os parece organizar un frente común?”

¿Qué nos iba a parecer? Llevábamos ya tres rondas corriendo por nuestras venas y los calores de aquel antro nos habían obligado a enloquecer con tanto escote y pseudocinturon ancho que trataba de pasar por minifalda. Mi recién estrenado amigo me leyó la cara como si me conociera de toda la vida, se colgó de mi hombro y obligándome a girar hacia aquellas cuatro féminas perdidas y anhelantes en la barra de la discoteca, me espetó un travieso “¿cuál te gusta?”. Aquella noche iba a arder Troya, lo sentía en mi espina dorsal. “La de la minifalda tableada. Parece una colegiala…”. Por su gesto lascivo y cargado de complicidad, deduje que bajo su punto de vista era una buena elección. Me miró, sonrió para sus adentros y se lanzó al círculo que habían formado las chicas como un valeroso gladiador irrumpiendo en la arena, dispuesto a lidiar con el grupo de fieras de turno.

Observé mientras tanto que el compañero de mi nuevo mejor amigo había entablado conversación con mi acompañante real, y los dos reían a carcajadas, quizás compartiendo profundas complicidades forjadas en dos minutos de honesta y sincera relación. Así, me encontré cavilando sobre cómo el alcohol podría llegar a recetarse para casos especialmente severos de timidez, cuando vi a mi recién adquirido amigo sacando del grupo de cuatro mujeres al capricho morboso y colegial. Tiraba decidido de sus dos menudos brazos, y así recorrió los dos metros que nos separaban, plantándondola acto seguido ante mis narices. “Éste es Fernando, el viejo amigo del que te hablaba”. Volvió a guiñarme un ojo complacido, orgulloso de sí mismo, y sin más se largó.

Miré a la chica con atención por primera vez, y comprendí el motivo por el que había salido aquella noche. Sonreía con estudiada timidez,  y me miraba con la cabeza ligeramente gacha, provocadora, irresistible. Observé sin disimulo su cuerpo menudo, firme, y cómo sus manos jugueteaban la una con la otra. Frente a esa aparente delicadeza con la que se presentaba ante mí, su pelo, ni largo ni corto, moreno, enmarcaba unos ojos marrón miel que clavaban en los míos con decisión y fijeza.

Ambos sonreíamos, divertidos, y no había mejor señal posible. Terminé la faena por el camino rápido, que no el más fácil: la sinceridad.

– Je, verás, no conozco de nada a ese tipo. Bueno, hasta hace dos minutos no sabía ni que existía. Ha salido de la nada; no sé qué te habrá dicho, pero estás aquí… – ella reía, yo no acababa de saber por qué – …asi que ahora tienes dos opciones: o besarme inmediatamente, o besarme después, porque lo único que sé sobre esta gente es que no van a dejarnos en paz hasta que lo hagas.

Hizo una pequeña pausa, y estalló en una carcajada contenida, sin dejar de mirarme. Proseguí.

– Por cierto, ¿cómo te llamas? – yo apenas podía contener la risa.

Entonces, sus labios compusieron una expresión nueva. Sus pupilas adquirieron profundidad. Su diminuta mano trepó hasta mi cuello, ciñéndose a él,  poderosa, y me atrajo hacia su boca, poco a poco.  El tiempo ralentizó su marcha mientras intercambiamos aquel momento. Por un instante fuimos una sola intención. La música, los gritos, todo sonido a nuestro alrededor redujo su intensidad, quedando fuera de nuestra burbuja de complicidad. Susurró su nombre antes de fundirse conmigo en nuestro primer beso.

Hoy, mucho tiempo después de aquel episodio, no recuerdo ese nombre, y aún menos el de esos dos desconocidos que lo hicieron posible. Hubo más extraños encuentros con otras muchachas de inicales y rostros perdidos en el olvido. Ahora no obstante todo ha quedado sepultado bajo el peso de tu ser. Desde que te conocí sólo sé pronunciar hoy tu nombre, ese que ha transformado mis noches.

Pero esa es otra historia.

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Sueño

He de decir para empezar que tan sólo recuerdo nítidamente una imagen. Un beso, con dos caras como protagonistas: Laura Leiva y Jose, su gran amigo Jose  “el amanerado”, la eterna promesa de escapada del armario.

Durante el sueño también aparecían Fernando Barragan y algún compañero de la antigua facultad que aún no logro recomponer (y tampoco quiero, no vaya a ser que vicie con conciencia mis recuerdos del sueño). Pero el papel de éstos estaba empequeñecido por la gran escena que yo contemplaba, y la cual me es imposible ubicar en ningún tiempo ni marco concretos. Únicamente una puerta se abría en un pasillo (en el cual yo presumiblemente me encontraba) y de ahí emergía la figura enclenque de Jose Ángel, de espaldas, seguida de la de Laura, colgada de sus hombros, mirándose ambos a los ojos, sonrientes, exultantes.

*Como estoy hablando de un sueño, y ya de por sí mi mente tiende a adornar las escenas cotidianas, todo esto que contemplo está engalanado (abarrotado sin gusto sería más adecuado) con infinidad de matices y cargas sentimentales. Tras este apunte, continúo. *

Los dos, absortos en la contemplción mutua, cerraban los ojos un momento sin dejar de sonreír, y se besaban. Despues de un tiempo al cual no consigo dar medida, sus bocas se separaban.

Yo, desde mi posición (tontamente limitada por mi subconsciente en mi propio sueño) sólo alcanzaba a verla a ella. Quedaba enterrado bajo la abrumadora felicidad de la cara de Laura, embellecida con las sutiles pero efectivas cinceladas de la dicha y rodeada del aura casi mística del que se sabe afortunado. La envidia y la tristeza me invadían.

Y ahí acaba mi visión.

Verano 2009

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