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Cildo Meireles, Proyecto Coca-Cola (1970)

-Y qué si eso es arte. A mí no me lo parece.

– Vamos a ver. ¿Dices que no es arte por qué? Has de comprender al artista, cómo era su situación , la época en la que vive, el discurso que sigue a lo largo de su carrera y el lugar que ocupa esta obra en ese recorrido, el lenguaje en el que se basa para representar su…

-Pamplinas. Perdona, es cierto, podría ser que sabiendo esas choporrocientas cosas le encuentre un sentido al zurullo ese, es probable que hasta mueva algo en mí. O no. Joder, lo que quiero decir es que creo que algo merece la pena cuendo nos conmueve sin necesidad de ser explicado. Cuando la fibra que toca no está relacionada con la lógica, con la mente, con lo conceptual. Es cierto que puede haber de eso pero de ahí a que sea lo fundamental…

-Uhm…¿como la naturaleza?

-¿Qué? Bueno sí, en cierto sentido sí. Cualquier ser humano (habrá excepciones joder, tú ya me entiendes) presencia una cascada, una enorme caída de agua, con ese estruendo, ese espectáculo tan real pero a la vez tan evocador…y se emociona. En mayor o menor medida algo dentro de nosotros se mueve.

-Creo que sé a lo que te refieres. Lo común de todos nosotros. Aunque sabe Dios qué cojones es eso. Pero…eso es una visión un tanto…espiritual. A veces el arte con sólo mirarse a sí misma genera una obra lógica, una nueva vuelta de tuerca a su lenguaje. Como las vanguardias, como con el urinario,…se que a un aborigen del África profunda se la traerá al pairo la descontextualización, las burlas al sistema establecido y todo eso. No sé si me explico.

-No del todo.

-Quiero decir que en ninguna parte se dice que el Arte ha de hablar de algo que supere al hombre, de algún modo ajeno a él. Es generado por su mano, y al fin y al cabo de lo que tiene que hablar es de su autor. Sería como pretender que de un limonero ha de surgir el concepto del limón, todo lo que sugiere, su espíritu, su reflejo en el infinito.

-Se te ha ido con lo del limón espiritual. Normal que te guste el arte contemporáneo.

-Ha sido una solemne tontería. Es probable. Quiero decir que de lo real sólo puede surgir el reflejo de lo real, y no hemos de extrañarnos por ello o pretender otra cosa.

-¡Discrepo! ¿Qué es lo que hace grande al hombre?

-¿Al hombre? Pues medir más de dos metros.

-Ya salió el de lo real. Hoy pagas tú el café, con tu sucio y tangible dinero.

-Sí, no creo que acepten tarjetas de espiritualidad en este sitio.

-¡Sabes a lo que me refiero! No te hagas el tonto. Lo que hace grande al hombre es la búsqueda de lo imposible. La pretensión de lo futuro, sus ansias de llegar más alto. Valores como la nobleza, el valor, la honestidad…son probablemente inalcanzables, somos humanos y por tanto falibles, caeremos, nunca alcanzaremos la perfección. ¡Pero no es necesaria! Lo que es necesario es su búsqueda. Y volviendo al arte…aunque parezca hallarse fuera de lo real, hay que pretender algo que trascienda, no limitarse y conformarse con plasmar con juegos formales de modos más o menos acertados la realidad.

-Dios acabarás por calentarme la cabeza con tus ideas inflamadas de proyectos irrealizables. ¡Ni tú has producido nada que se acerque a eso que predicas!

-Ey, sin faltar. Ya te dije que soy humano. Pero sé que la grandeza está en el camino y en errar, y ahí la busco con ahínco.

-Idiota. Así te va con las mujeres.

-Touché. ¿Me invitas a otro café? Que pongan un chorrito de ron a cuenta del vil metal de tu bolsillo.

-Lo dicho. Morirás pobre.

-Pero no pobre de espíritu.

-Pobre e idiota.

Los dos rieron cómplices mientras pedían la siguiente ronda.

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<<Soluciones para una situación crítica:

1. Destruir, eliminar o matar al causante de la situación

2. Sustituir la situación por otra. Preferiblemente, que sea menos crítica.

3. Aceptación. Trágate la mierda. No es necesario que la disfrutes, pero aprende a pasar el mal trago, o incluso a vivir con ese excremento incrustado en tu laringe.

4. Huida. Si hay problemas, corre. Muy lejos. Más vale que hayas entrenado, porque los problemas son el animal más persistente que existe.

5. Transformación. Reinventa un tú nuevo para el cual la situación no sea crítica. Solución no válida para narcisistas.

6. Suicidio. La forma de huida definitiva. No está garantizado que los problemas no puedan viajar al más allá. Solución no válida para narcisistas no románticos.

7. Abandono. La situación crítica vence, pero por incomparecencia del rival. Ganas una victoria moral, pero has abandonado. Solución no válida para orgullosos.

8. Sugestión. Te convences de que la situación no es tan crítica. No solucionas nada, pero ya no hay situación crítica. Ahora sólo es un problemilla. Quizás eso te ayude a resolverlo.

9. Locura. Es difícil hacerse el loco, y más aún serlo, pero tras convencer a los demás de tu falta de cordura te meten en un sitio acolchado donde no hay más situaciones críticas. Salvo la obvia. ¡Estás loco chaval!

10. Escribir. Hay quien lo considera de locos (equivalente a hablar solo). Puede servir para sugestionarse positivamente. Huyes, abandonas y aceptas a un tiempo. Consigues, entregándote al ejercicio hipnótico de convertir palabras en intención, transformarte en un asesino de situaciones críticas. Las tornas en oportunidades de hablarle al papel. Solución apta para todo tipo de personas.

P.S.: ¿alguna otra sugerencia? >>

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Decálogo encontrado como una última anotación en la libreta de un expedicionario en 1964. El cuaderno de viaje se hallaba entre las escasas pertenencias que se consiguieron rescatar tras la búsqueda infructuosa del aventurero. Sus familiares informaron de la desaparición a las autoridades tras encontrar una misteriosa nota en la que el sujeto, de 30 años de edad, avisaba de una pronta partida al desierto “hacia la victoria”. Su madre leyó incrédula el escueto mensaje escrito con una caligrafía apresurada. Y efectivamente, fue en el desierto Victoria, en Australia, bajo un arbusto, donde descubrieron los últimos objetos que le ligaban a este mundo.

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No estaba mal.

Había conseguido terminar el primer movimiento de la pieza, y sólo había cometido un error digno de mención. Además, dudaba de que aquel grupillo de amigos que había juntado en el auditorio supiese notar la diferencia, y si lo hacían, no tenía importancia. Aquello era sólo un ensayo.

No sería lo mismo ante el comité de evaluación. Miembros reputados de todo el país, músicos la mayoría, compositores un par que supiese, algún que otro mandamás. Mirarían con lupa todos sus movimientos, y aún interpretando bien a Rachmaninov, sabía que no sería suficiente. Tendría que dotar a la pieza de vida, de un rasgo único que sólo él fuera capaz de darle, un toque de originalidad, pasión y mesura que les convenciera definitivamente de que él y no otra joven promesa del piano se merecía aquella importane beca, la más prestigiosa del país.

Algo no obstante le decía una y otra vez que no estaría a la altura. Este susurro que le martilleaba la sien, difuso pero continuo, contrastaba con todas las frases que había ido acumulando y sobando en su oído, en su aparato auditivo real. Desconocidos, familiares, amigos íntimos y amigos de conveniencia, todos ellos se habían empeñado en vocear una y otra vez su admiración, lo mucho que significaba él para ellos, todo el talento que tenía y lo especial que era. Pero estaba solo. Ahora, frente al piano, se miró las manos, apoyadas en las rodillas; observó el ligero temblor que sentía en el anular izquierdo.

“Soy imperfecto. Soy normal. No quiero más sonrisas condescendientes ni alabanzas estúpidas. Aquí no hacen otra cosa que lastrarme. ¿Cómo voy a conseguir nada con semejante bagaje de tonterías?”. Cerró los ojos.

-¿Estás bien??

Miró hacia arriba. Él estaba allí. Aún no había llegado a memorizar la partitura, y necesitaba de alguien que pasase las hojas mientras tocaba. Cuando empezó a ensayar pensó que sólo le quería a él para que le ayudara. Recordaba cómo se anotó mentalmente la tarea de avisarle, y de cómo no hizo falta ni separar los labios. Le miró un día en el comedor y fue su amigo el que le pidió acompañarle en los ratos de ensayo, apoyarle durante su preparación. Y ahí le tenía. Sonriéndole. Podría decir sin temor a equivocarse que gracias a su amigo había llegado hasta el dia de hoy sin abandonar.

De súbito, cayendo en la cuenta de algo obvio, sintió una sacudida. Se abrieron los ojos de su ser, y vió, por fin. Podríamos matizar. No veía; por primera vez miraba.

Él sentado, temblando. Su amigo, de pie, sonriendo. Él ante un auditorio semivacío. Su amigo, rodeado siempre de amigos. Él frente a un piano, angustiado, luchando siempre con las teclas. Su amigo, acariciando la guitarra, correspondiendo  acordes íntimos. Él, solo, perdido, batallando por algo que no sabía si quería, por algo que había que hacer. Su amigo, simplemente viviendo. Sonriendo.

Se preguntó ante tales comparaciones, ante tantos contrastes cómo había llegado a esa situación. Maldita sea, se sentía separado de sí mismo, metido en un traje que no paraba de incomodarle a cada movimiento.

Miró hacia el público girando levemente la cabeza; estaban espectantes. Habían sido ellos. Sin quererlo poco a poco habían tejido un futuro, una vida, un “ser” proyectando sus anhelos y halagos en él, ejerciendo de sastres de una cáscara rígida y ajena. De un ataúd que llevaba su nombre.

Volvió a girar la cabeza y proyectó la sombre de su abandono sobre los ojos de miel que le miraban desde la partitura.

” Ya no seré nunca más un desconocido”

Se levantó, agarró el cuaderno con las notas de Rachmaninov, lo cerró con frialdad ante la extrañeza de su amigo y de los asistentes y emprendió el camino de regreso a su vida.

Nunca más volvió a tocar el piano.

NOTA: Suceso real (hasta donde llegan los meros hechos que filtran estas florituras lingüisticas) que me narró de viva voz el que estuvo sosteniendo la partitura.


Verano 2009

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