Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Érase una vez’

Dejar de Ser

Érase una vez un hombre que dejó de ser.

Sin embargo, su cuerpo seguía siendo. Era un hecho palpable. Todos los días comía, bebía, hablaba y dormía. En ese sentido, nadie que le hubiera visto diría que estaba incompleto, que le faltaba una parte fundamental, como a un tullido una pierna.

No obstante las personas cercanas a él, tales como sus padres, sus amigos o sus hermanos, sin ver nada en su apariencia que les hiciera sospechar, empezaron a sentirse incómodos en su presencia.

Hablaba pero no decía nada, les miraba pero al tiempo podían sentir cómo sus pupilas les atravesaban. A veces les tocaba, con cuidado, siempre cauteloso, y cuando acababa ese leve contacto, no quedaba de él ningún recuerdo. Tan sólo una leve sensación de ausencia, como cuando el sueño acontece, despertamos y se desvanece sin poder remediarlo.

Al principio él no notó nada raro. Simplemente se levantó un día y ya no era. Hasta ese momento había tenido un lugar en el mundo, motivaciones, un pasado en el que refugiarse, un futuro al que aspirar, un presente que vivir. De repente cualquier cosa que hiciera había dejado de tener importancia.

No lo supo inmediatemente, claro está. Fueron pequeñas cosas durante el sutil transcurso  de los días. Como cuando el espejo devuelve cada mañana la imagen de tu rostro. No deja notar el cambio. Pero un mal día otro espejo en forma de foto refleja cuántos soles ha contemplado tu piel desde aquel “clic” lejano que te retrató. Y la certeza del paso del tiempo y el cambio que ha llenado de arrugas tu cara cae como una losa, aplastándote.

El hombre que dejó de ser empezó a caer en la cuenta de su propìa ausencia por pequeñas fotos, pequeñas imágenes de su vida que le hicieron recordar qué era lo que le faltaba. Un día, por ejemplo, haciendo la compra llegó a la sección de chocolates. Él siempre había sido uno de esos fanáticos del chocolate negro, amargo y auténtico. Cuando alguien le ofrecía chocolate reducido con leche, él respondía orgulloso “No gracias. Yo soy de los de chocolate de verdad.” Ese día en el supermercado, junto a los chocolates, miró el estante con todos esos colores asociados a sabores, y cogió uno al azar. No lo hizo impulsado por querer probar otro sabor. No es que aquella mañana de domingo se hubiera levantado especialmente cansado, o confundido. Nada le apremiaba. Simplemente dio igual. Otro día, haciendo la compra de nuevo, empezó a olvidarse de comprar chocolate.

Así, poco a poco, fue perdiendo esos pequeños rasgos que nos distinguen de cualquier otra persona, esos rasgos que a primera vista no son fáciles de apreciar, pero que nos hacen únicos o imprescindibles a ojos de nuestros seres queridos.

Ésto provocó una criba paulatina en la vida del hombre que dejó de ser. Como cada vez quedaba menos de él, aquellos personas que se le habían acercado por su grandeza (por pequeña que fuera) desaparecieron. Luego fueron cayendo los que se acercaron a él por lo que hacía. No es que ya no se dedicara a nada concreto, sino que cualquier cosa que realizase parecía ser totalmente intrascendente incluso para él mismo.

Iba perdiendo fuerza a medida que dejaba de ser, y al final del proceso sólo quedaron a su lado las personas que le querían precisamente porque no era nadie, más que él. Su familia y sus amigos más allegados, a pesar de no diferenciar nada distinto en él, sentían de alguna manera que les estaba dejando poco a poco.

Decidieron hablar con él, le preguntaron por su trabajo, por su día a día, por su salud. El hombre que estaba dejando de ser respondía a todas sus preguntas, pero no había ningun problema concreto, y por tanto, ninguna solución al enigma que aún era para ellos su ausencia de ser.

Un día como otro cualquiera dejaron de verle en la oficina, y nadie se extrañó. Su familia no sabía que ya no era en la oficina, y cuando se enteró, su padre fue allí a preguntar por él. “¿Quién? No sé de quién me habla”. Nadie le recordaba.

Sus padres acudieron a su casa, desesperados y preocupados. Al entrar le encontraron mirando por la ventana, arreglado. Llevaba una camisa blanca, un vaquero gastado por el uso e iba descalzo. Les miró, y su figura recortada por la luz que entraba a raudales pareció más pequeña de lo habitual.

“Hijo mío…”. Y las lágrimas y las palabras fueron un torrente sin sentido, un intercambio de golpes al aire,  de miradas y suspiros que contrariaron al hombre que estaba dejando de ser. Tras varios “con lo que tú eras…” que le contrariaron aún más, sus padres lograron sacar de sus labios secos un “no os preocupéis, todo va a cambiar”. Parecía decírselo a sí mismo más que a sus progenitores, que le miraban compungidos y cansados. Su tiempo se agotaba y eran testigos de la pérdida de una parte de su ser, de su hijo.

Después de aquel encuentro, el hombre que había dejado de ser hizo una última cosa. Llamó a su mejor amigo. Su amigo se extrañó, llevaba mucho sin llamar, pero al fin y al cabo se alegró. Charlaron animosamente sobre los viejos tiempos, rieron. De repente, un largo silencio. El hombre que había dejado de ser pronunció entonces el nombre de su amigo. Su voz sonó pesada, cansada pero resuelta, con un tono que por primera vez en mucho tiempo sonaba profundo y cargado de significado. “¿Qué quieres?” respondió su amigo.

-Recuérdame tal y como una vez fui.

Y colgó. Le buscaron en su piso, en los sitios que habían sido para él favoritos. Lo denunciaron a la policía. Pero nunca se supo nada más de él, y poco a poco su recuerdo, como su ser, desapareció.

Anuncios

Read Full Post »

Érase una vez un hombre perdido.

Estaba perdido en el mundo desde el día en que supo que estaba solo. Recordaba en sus vagabundeos el momento en el que quedó así. Fue en una noche despejada, con un cielo cuajado de estrellas y una luna que bañaba la tierra de pálido azul. Paseaban los dos juntos, su locura y él, acompañándose en silencio. Se encontraba feliz con ella. Nunca le fallaba; nunca le faltaba. Guiaba sus pasos ante el miedo, le hacía desafiar al  día a día a duelos a muerte, se reían juntos de lo común y del tedio. Soñaban con los futuros más inverosímiles, retándose a inventar las historias de sus vidas una y otra vez. Disfrutaba ante sus ocurrencias, y quedaba prendado de su risa cómplice cuando adivinaba sus pensamientos. Era la persona más afortunada al sentir su calor mientras dormía,  siempre le consolaba acariciando sus cabellos y le susurraba palabras de aliento al oído tras la desdicha. Se sonrió al pensar en su amante, y cerró los ojos para compartir con ella aquella brisa de una noche de verano. Y mirándola besó sus labios carnosos, henchidos de jugo vital y de energía.

Pero unos ojos celosos les contemplaban. La prudencia, la madurez y la responsabilidad llevaban tiempo siguiéndoles. Le querían a él, su juventud, su fuerza y su calor. Habían estado haciéndose fuertes en un rincón de su mente, maquinando cómo atacar, odiando en su destierro a la dulce locura. En esa noche aciaga llegó su momento, aunque el hombre amado, ahora el hombre perdido, no supo ver la tragedia que se cernía sobre él.

La besó como nunca antes, sintiendo que era la última vez,  mordiendo su carne, desgarrando su corazón en un apasionado abrazo. Al tiempo que apretaban sus cuerpos inflamados, lloraba. Se mezclaron en su piel el sudor de la lucha y la sangre derramada. Corrieron por sus mejillas lágrimas derrotadas, saladas, cálidas. Se amaron, se despidieron. No comprendió el porqué le abandonaba, pero al abrir los ojos de nuevo, ya no quedaba más que muerte en el mundo. Ella no estaba. Contempló por enésima vez su soledad y lloró, vaciándose en un grito de comprensión y horror. Ya no tenía ante sí una vida, sino realidad, sucia y fría.

Cuentan que esa noche, desgarrando su alma y retando al cielo, prometió buscar a su amor hasta la muerte. Viajaría a los rincones más oscuros del mundo, trataría con las sensaciones más profundas y peligrosas, probaría los venenos más mortales y nadaría en los ojos de todas las mujeres tratando de encontrar alguna pista, algún latido que reviviera la locura.

Nadie llenó de sonrisas su tez cansada. Él ahora sólo camina. Abandonado. Dicen que sigue vagando condenado a una eterna soledad, que luce como un hombre común y corriente, pero su mirada infunde terror a quien osa retarla. Porque en sus pupilas se haya la más insondable de las tristezas desde el día en que supo que era un hombre cuerdo.

Arturo Garrido Galán, Enero 2010

Read Full Post »