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Posts Tagged ‘hombre’

Hay una ciega delante de mí. Está desayunando con su marido, ambos callados. Él lee el periódico con pausa y ella juguetea con el café, removiéndolo despacio. Está de espaldas a mí, pero veo sus dedos finos, delicados, bellos. El bastón blanco que guía sus pasos a través de leves caricias ahora descansa callado a su lado.

Me pregunto cómo será su día a día por un breve instante tan solo. Entonces se levanta y al girar la cabeza su larga y cuidada melena castaña descubre un rostro maduro pero aún tocado por la gracia del atractivo. Sus rasgos son armoniosos, como el resto de su cuerpo. Camina erguida, digna, rozando con su bastón las sillas del bar, construyendo un camino sonoro hasta los servicios.

Por alguna extraña razón me siento conmovido y a la vez atrapado por la visión de esa mujer, que, precisamente, es incapaz de ver. Pienso, imagino, que una mujer así podría estar si quisiera con cualquier hombre. Pero no cualquiera podría estar con ella. Esa imposibilidad no está motivada por su ceguera ni por su indudable belleza. Ella ha contemplado infiernos oscuros, o quién sabe si de un deslumbrante y sobrecogedor blanco. Ha aprendido a moverse por un mundo de sensaciones construidas dentro de sí con referencias desconocidas para la mayoría. El caminar de sus pies es más resuelto que el del resto; no requieren sus pasos ver, sino creer. Su tacto es infinitamente más sabio que nuestros ansiosos y apresurados dedos de hombre, y sus labios no sólo besan, te han de mirar también.

Oigo de nuevo el tic-tac de su bastón, y mientras se acerca  a su mesa distingo casi físicamente todo eso que la conforma y diferencia de todas las demás. Bebo un sorbo de mi café. Está ya frío y ha dejado de saber a mañana. Me dispongo a pagar y pienso en cómo sería ser ciego. Inmediatamente después pienso que debería pensar menos.

A.G.G.

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Cildo Meireles, Proyecto Coca-Cola (1970)

-Y qué si eso es arte. A mí no me lo parece.

– Vamos a ver. ¿Dices que no es arte por qué? Has de comprender al artista, cómo era su situación , la época en la que vive, el discurso que sigue a lo largo de su carrera y el lugar que ocupa esta obra en ese recorrido, el lenguaje en el que se basa para representar su…

-Pamplinas. Perdona, es cierto, podría ser que sabiendo esas choporrocientas cosas le encuentre un sentido al zurullo ese, es probable que hasta mueva algo en mí. O no. Joder, lo que quiero decir es que creo que algo merece la pena cuendo nos conmueve sin necesidad de ser explicado. Cuando la fibra que toca no está relacionada con la lógica, con la mente, con lo conceptual. Es cierto que puede haber de eso pero de ahí a que sea lo fundamental…

-Uhm…¿como la naturaleza?

-¿Qué? Bueno sí, en cierto sentido sí. Cualquier ser humano (habrá excepciones joder, tú ya me entiendes) presencia una cascada, una enorme caída de agua, con ese estruendo, ese espectáculo tan real pero a la vez tan evocador…y se emociona. En mayor o menor medida algo dentro de nosotros se mueve.

-Creo que sé a lo que te refieres. Lo común de todos nosotros. Aunque sabe Dios qué cojones es eso. Pero…eso es una visión un tanto…espiritual. A veces el arte con sólo mirarse a sí misma genera una obra lógica, una nueva vuelta de tuerca a su lenguaje. Como las vanguardias, como con el urinario,…se que a un aborigen del África profunda se la traerá al pairo la descontextualización, las burlas al sistema establecido y todo eso. No sé si me explico.

-No del todo.

-Quiero decir que en ninguna parte se dice que el Arte ha de hablar de algo que supere al hombre, de algún modo ajeno a él. Es generado por su mano, y al fin y al cabo de lo que tiene que hablar es de su autor. Sería como pretender que de un limonero ha de surgir el concepto del limón, todo lo que sugiere, su espíritu, su reflejo en el infinito.

-Se te ha ido con lo del limón espiritual. Normal que te guste el arte contemporáneo.

-Ha sido una solemne tontería. Es probable. Quiero decir que de lo real sólo puede surgir el reflejo de lo real, y no hemos de extrañarnos por ello o pretender otra cosa.

-¡Discrepo! ¿Qué es lo que hace grande al hombre?

-¿Al hombre? Pues medir más de dos metros.

-Ya salió el de lo real. Hoy pagas tú el café, con tu sucio y tangible dinero.

-Sí, no creo que acepten tarjetas de espiritualidad en este sitio.

-¡Sabes a lo que me refiero! No te hagas el tonto. Lo que hace grande al hombre es la búsqueda de lo imposible. La pretensión de lo futuro, sus ansias de llegar más alto. Valores como la nobleza, el valor, la honestidad…son probablemente inalcanzables, somos humanos y por tanto falibles, caeremos, nunca alcanzaremos la perfección. ¡Pero no es necesaria! Lo que es necesario es su búsqueda. Y volviendo al arte…aunque parezca hallarse fuera de lo real, hay que pretender algo que trascienda, no limitarse y conformarse con plasmar con juegos formales de modos más o menos acertados la realidad.

-Dios acabarás por calentarme la cabeza con tus ideas inflamadas de proyectos irrealizables. ¡Ni tú has producido nada que se acerque a eso que predicas!

-Ey, sin faltar. Ya te dije que soy humano. Pero sé que la grandeza está en el camino y en errar, y ahí la busco con ahínco.

-Idiota. Así te va con las mujeres.

-Touché. ¿Me invitas a otro café? Que pongan un chorrito de ron a cuenta del vil metal de tu bolsillo.

-Lo dicho. Morirás pobre.

-Pero no pobre de espíritu.

-Pobre e idiota.

Los dos rieron cómplices mientras pedían la siguiente ronda.

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Dejar de Ser

Érase una vez un hombre que dejó de ser.

Sin embargo, su cuerpo seguía siendo. Era un hecho palpable. Todos los días comía, bebía, hablaba y dormía. En ese sentido, nadie que le hubiera visto diría que estaba incompleto, que le faltaba una parte fundamental, como a un tullido una pierna.

No obstante las personas cercanas a él, tales como sus padres, sus amigos o sus hermanos, sin ver nada en su apariencia que les hiciera sospechar, empezaron a sentirse incómodos en su presencia.

Hablaba pero no decía nada, les miraba pero al tiempo podían sentir cómo sus pupilas les atravesaban. A veces les tocaba, con cuidado, siempre cauteloso, y cuando acababa ese leve contacto, no quedaba de él ningún recuerdo. Tan sólo una leve sensación de ausencia, como cuando el sueño acontece, despertamos y se desvanece sin poder remediarlo.

Al principio él no notó nada raro. Simplemente se levantó un día y ya no era. Hasta ese momento había tenido un lugar en el mundo, motivaciones, un pasado en el que refugiarse, un futuro al que aspirar, un presente que vivir. De repente cualquier cosa que hiciera había dejado de tener importancia.

No lo supo inmediatemente, claro está. Fueron pequeñas cosas durante el sutil transcurso  de los días. Como cuando el espejo devuelve cada mañana la imagen de tu rostro. No deja notar el cambio. Pero un mal día otro espejo en forma de foto refleja cuántos soles ha contemplado tu piel desde aquel “clic” lejano que te retrató. Y la certeza del paso del tiempo y el cambio que ha llenado de arrugas tu cara cae como una losa, aplastándote.

El hombre que dejó de ser empezó a caer en la cuenta de su propìa ausencia por pequeñas fotos, pequeñas imágenes de su vida que le hicieron recordar qué era lo que le faltaba. Un día, por ejemplo, haciendo la compra llegó a la sección de chocolates. Él siempre había sido uno de esos fanáticos del chocolate negro, amargo y auténtico. Cuando alguien le ofrecía chocolate reducido con leche, él respondía orgulloso “No gracias. Yo soy de los de chocolate de verdad.” Ese día en el supermercado, junto a los chocolates, miró el estante con todos esos colores asociados a sabores, y cogió uno al azar. No lo hizo impulsado por querer probar otro sabor. No es que aquella mañana de domingo se hubiera levantado especialmente cansado, o confundido. Nada le apremiaba. Simplemente dio igual. Otro día, haciendo la compra de nuevo, empezó a olvidarse de comprar chocolate.

Así, poco a poco, fue perdiendo esos pequeños rasgos que nos distinguen de cualquier otra persona, esos rasgos que a primera vista no son fáciles de apreciar, pero que nos hacen únicos o imprescindibles a ojos de nuestros seres queridos.

Ésto provocó una criba paulatina en la vida del hombre que dejó de ser. Como cada vez quedaba menos de él, aquellos personas que se le habían acercado por su grandeza (por pequeña que fuera) desaparecieron. Luego fueron cayendo los que se acercaron a él por lo que hacía. No es que ya no se dedicara a nada concreto, sino que cualquier cosa que realizase parecía ser totalmente intrascendente incluso para él mismo.

Iba perdiendo fuerza a medida que dejaba de ser, y al final del proceso sólo quedaron a su lado las personas que le querían precisamente porque no era nadie, más que él. Su familia y sus amigos más allegados, a pesar de no diferenciar nada distinto en él, sentían de alguna manera que les estaba dejando poco a poco.

Decidieron hablar con él, le preguntaron por su trabajo, por su día a día, por su salud. El hombre que estaba dejando de ser respondía a todas sus preguntas, pero no había ningun problema concreto, y por tanto, ninguna solución al enigma que aún era para ellos su ausencia de ser.

Un día como otro cualquiera dejaron de verle en la oficina, y nadie se extrañó. Su familia no sabía que ya no era en la oficina, y cuando se enteró, su padre fue allí a preguntar por él. “¿Quién? No sé de quién me habla”. Nadie le recordaba.

Sus padres acudieron a su casa, desesperados y preocupados. Al entrar le encontraron mirando por la ventana, arreglado. Llevaba una camisa blanca, un vaquero gastado por el uso e iba descalzo. Les miró, y su figura recortada por la luz que entraba a raudales pareció más pequeña de lo habitual.

“Hijo mío…”. Y las lágrimas y las palabras fueron un torrente sin sentido, un intercambio de golpes al aire,  de miradas y suspiros que contrariaron al hombre que estaba dejando de ser. Tras varios “con lo que tú eras…” que le contrariaron aún más, sus padres lograron sacar de sus labios secos un “no os preocupéis, todo va a cambiar”. Parecía decírselo a sí mismo más que a sus progenitores, que le miraban compungidos y cansados. Su tiempo se agotaba y eran testigos de la pérdida de una parte de su ser, de su hijo.

Después de aquel encuentro, el hombre que había dejado de ser hizo una última cosa. Llamó a su mejor amigo. Su amigo se extrañó, llevaba mucho sin llamar, pero al fin y al cabo se alegró. Charlaron animosamente sobre los viejos tiempos, rieron. De repente, un largo silencio. El hombre que había dejado de ser pronunció entonces el nombre de su amigo. Su voz sonó pesada, cansada pero resuelta, con un tono que por primera vez en mucho tiempo sonaba profundo y cargado de significado. “¿Qué quieres?” respondió su amigo.

-Recuérdame tal y como una vez fui.

Y colgó. Le buscaron en su piso, en los sitios que habían sido para él favoritos. Lo denunciaron a la policía. Pero nunca se supo nada más de él, y poco a poco su recuerdo, como su ser, desapareció.

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¿Tinta negra o azul?

Negra dije.

Aquí tiene, señor mío.

¡Pero si esta es azul amigo!

No, es negra, se lo juro por mi honor de vendedor.

Un honor poco fiable ese del que presume, permítame ser indiscreto.

Por Dios, no señor, no me ofende, pero esta tinta es negra como el carbón, negra como las entrañas de la tierra.

¿Negra como su honor de vendedor?

Esta vez me ofende, señor.

Era una broma, buen hombre. Bromeo porque su tinta también bromea con mis cuadernos, manchándolos de azul.

¡Es negra, pardiez!

¿Sí? Aguada como su honradez.

¡Me insulta! Señor, basta. Viene más clientela.

La vergüenza también la tiene, por lo que veo.

Sentido práctico, señor. Si no se calla ante el resto, no vendo. Asi que aquí tiene, tome, tinta azul, y negra, ésta negra como mi conciencia.

¡Vaya! Por fin nos entendemos. Nunca le pedí que fuera honrado, don timador, tan sólo que fuera inteligente. Eso sí es comerciar. Le volveré a ver cuando necesite tinta negra de la que ahora sé que  tiene.

Váyase al diablo, señor.

¿Qué dijo?

Vaya con Dios, buen señor.

Mentiroso y mezquino. Por fin nos entendemos.

3-2010


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Hasta que uno no se ha manchado las manos de sangre no es hombre en el sentido intelectual de la palabra. Hasta que uno no tiene remordimientos, certeza de su propia oscuridad, no es ser humano lúcido y consciente. La sangre en las uñas es fundamental. ¿Por qué Ulises es sabio? Pues porque ha sobrevivido a Troya. El héroe que muere en Troya no tiene ningún problema, muere en plena gloria sin plantearse preguntas. Lo malo es cuando el héroe sobrevive y tiene que regresar a Ítaca con los muertos en la memoria, con el grito de las mujeres violadas, con la sangre en las uñas. Ulises es el héroe moderno, interesante de  verdad, el que sobrevive a Troya, el que envejece, el de canas en la barba, el que tiene memoria y horror en la memoria, el que ha bajado a la cueva de Cíclope, el que ha estado en el vientre del caballo de madera. La medalla, el signo que distingue al héroe, es tener sangre en las manos.

Arturo Pérez Reverte, entrevista completa en QUE LEER, nº 152, Marzo 2010, págs. 64-68

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Un hombre y una mujer. Él, embelesado, observando cada uno de sus movimientos con ojos anhelantes. ¿Quieres dejar de mirame así? No. No puedo evitarlo. Pues déjalo. No me gusta que me mires así. Es como si, no sé. No me gusta. Me pones nerviosa. Siempre te pongo nerviosa, pero no como yo quisiera. Ahj. Por favor, llama al camarero y déjame un rato tranquila. No entiendo qué te molesta tanto… Sólo te miro. Pues no me mires. Siempre igual. ¿Eres tan desagradable con todo el mundo, o debo sentirme un privilegiado? Siéntete como quieras, pero deja de poner esa cara de…¿De qué? Pareces “completamente” contento. Y qué hay de malo en eso, explícamelo. Es estúpido. ¿Explicármelo o poner esa cara? Ambas. ¿Dónde está ese patán? Te dije que no era una buena idea salir a cenar fuera. Oh vamos. Se imaginó la situación si hubieran acabado quedándose en casa. Deberíamos salir. Eres un aburrido. Bla bla bla. Discusiones. A ella le encantaba discutir. Era su forma de conversar. A él le agotaba. Necesitaba sentirse así. Vacío por dento. Lo aguantaba todo con tal de estar a su lado. No entendía cómo aún seguían juntos. ¿Qué miras? Otra vez. ¿Qué? Si no fueras tan guapa cuando te enfadas, esto sería un infierno. Ella se ruborizó, ligeramente, hizo un gracioso ademán para contenerse, pero se repuso y volvió a fruncir el ceño. Come un poco y deja de mirar a las musarañas. Te miro a ti. Es igual. Para ya. Debe de estar exquisito por lo que han tardado en traerlo. Exquisito o frío. Um. Está frío. Haberte pedido una ensalada. ¿Quieres dejarme comer tranquilo mi pato frío? Deja tú de mirarme. Está bien. Se levantó ante su primero sorprendida y luego inquisitiva mirada. Sabía que estaba debatiéndose entre gritarle o ignorarle y seguir mordisqueando sus hojas como si nada. A medida que se alejaba, notaba en su nuca todo el odio acumulado contra él por hacerla dudar. Eso es lo que necesita. Un poco de indecisión. A ver a qué te sabe eso, cascarrabias.

Ya fuera, sacó un cigarro. Miró el encendedor que ella le había regalado hacía tan sólo tres días y se acordó de lo increíblemente fascinante que resultaba la visión de su cuerpo desnudo. Sabía que hoy también la vería así. Las mujeres son tremendamende predecibles cuando no saben por dónde vas a salir. Sólo hazlas dudar y la tendrás corriendo en pos de ti, muchacho. Aún recordaba las palabras de su padre. Maldito viejo gruñón. Siempre te empeñabas en tener razón, ¿eh? Aunque ahora tenía que pensar en cómo darle la vuelta a la tortilla. Mientras cavilaba, el rítmico sonido de unos tacones interrumpió sus pensamientos. Se giró, y allí estaba ella. La barbilla desafiante, ese andar resuelto y sinuoso, acompasado con todos y cada uno de los rincones de ese cuerpo imperfecto pero tan grácil.

No entendía cómo seguían juntos. Él siempre había creído que encontraría a la mujer de su vida buscando aquellas cosas que no se pueden perder al envejecer. Y, en cierto modo, así era. Nadie le podría quitar todo lo que sus ojos habían visto. Eran, sin duda, el órgano que ella, sin querer, se había empeñado en saciar. Hacían el amor a menudo, hablaban a menudo, discutían aún más amenudo; hacían una cantidad aceptable de cosas juntos. Nunca imaginó que la expresión “pareja” fuese a ser algo tan anodino. Nada de toda esa vida en común se podía califiar de extraordinario. Sin embargo ahora se abalanzaba sobre él una guerrera orgullosa, rugiendo por un nuevo asalto, movida por una sed de lucha que la satisfacía en su sencilla brutalidad. En esa convivencia llena de vanalidades todo quedaba compensado  por aquella visión. Le absorbía. Mirarla era todo lo que deseaba. Podía quedarse horas mirando el ligero palpitar de su cuerpo aún dormido en la mañana. Cuánta belleza. Se preguntó si era cruel desear que fuese muda. Uhm. No existe la perfección.

Lo que no sabía era que ella también sentía por él una atracción monocanal. Pero, en su caso, no eran los ojos el órgano a complacer. Se trataba de sexo. Siempre le habían gustado los tipos rudos, dominantes, esos que suelen preferir decir algo a quedarse callados, aunque no tengan absolutamente nada que decir. De hecho, solían decir estupideces. Pero la conversación a ella le parecía insustancial. Todo el rollo resabido que se traía desde siempre con él le ponía de los nervios. Pero nunca, en su despreocupada y amplia trayectoria de relaciones sexuales había dado con un especimen como aquel. Era, sin él saberlo, extraordinario. Todo lo demás  que acompañaba a su persona eran simples complementos, y aunque a veces podían llegar a ser un engorro, era soportable. No quería ver su secreto desvelado, y por eso trataba de no parecer desesperada, de no dar síntomas de debilidad ante él. Aún así lo cierto era que cada vez que habían estado alejados, necesitaba su marca preferida de heroína, lo reconocía y acababa claudicando. Lo que ella anhelaba sólo podía dárselo él. Y ahí estaba él, tan campante, pensando en quién sabe qué palabrería absurda que tanto le gustaba intentar compartir con ella.

Salió del restaurante, y al ver que no decía nada, le miró. Él clavaba desde hacía tiempo en ella su mirada de manera obsesiva. Esta vez no tenía esos ojos bobos y soñadores. El silencio entre sus pupilas sólo duró un par de segundos. ¿Tienes un cigarrillo? Claro, dijo él.

Vuelta a empezar. Ambos, fumando, se preguntaron cuánto duraría aquella farsa.

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<<Soluciones para una situación crítica:

1. Destruir, eliminar o matar al causante de la situación

2. Sustituir la situación por otra. Preferiblemente, que sea menos crítica.

3. Aceptación. Trágate la mierda. No es necesario que la disfrutes, pero aprende a pasar el mal trago, o incluso a vivir con ese excremento incrustado en tu laringe.

4. Huida. Si hay problemas, corre. Muy lejos. Más vale que hayas entrenado, porque los problemas son el animal más persistente que existe.

5. Transformación. Reinventa un tú nuevo para el cual la situación no sea crítica. Solución no válida para narcisistas.

6. Suicidio. La forma de huida definitiva. No está garantizado que los problemas no puedan viajar al más allá. Solución no válida para narcisistas no románticos.

7. Abandono. La situación crítica vence, pero por incomparecencia del rival. Ganas una victoria moral, pero has abandonado. Solución no válida para orgullosos.

8. Sugestión. Te convences de que la situación no es tan crítica. No solucionas nada, pero ya no hay situación crítica. Ahora sólo es un problemilla. Quizás eso te ayude a resolverlo.

9. Locura. Es difícil hacerse el loco, y más aún serlo, pero tras convencer a los demás de tu falta de cordura te meten en un sitio acolchado donde no hay más situaciones críticas. Salvo la obvia. ¡Estás loco chaval!

10. Escribir. Hay quien lo considera de locos (equivalente a hablar solo). Puede servir para sugestionarse positivamente. Huyes, abandonas y aceptas a un tiempo. Consigues, entregándote al ejercicio hipnótico de convertir palabras en intención, transformarte en un asesino de situaciones críticas. Las tornas en oportunidades de hablarle al papel. Solución apta para todo tipo de personas.

P.S.: ¿alguna otra sugerencia? >>

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Decálogo encontrado como una última anotación en la libreta de un expedicionario en 1964. El cuaderno de viaje se hallaba entre las escasas pertenencias que se consiguieron rescatar tras la búsqueda infructuosa del aventurero. Sus familiares informaron de la desaparición a las autoridades tras encontrar una misteriosa nota en la que el sujeto, de 30 años de edad, avisaba de una pronta partida al desierto “hacia la victoria”. Su madre leyó incrédula el escueto mensaje escrito con una caligrafía apresurada. Y efectivamente, fue en el desierto Victoria, en Australia, bajo un arbusto, donde descubrieron los últimos objetos que le ligaban a este mundo.

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