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(…)

-…¿Lo veis? ¿ Veis el relato? ¿Veis algo? Tengo al sensación de estaros contando un sueño, pero inútilmente, porque ningún relato de un sueño puede transmitir la sensación del sueño, esa mezacla de absurdo, sorpresa y aturdimiento en un temblor de rebelión agónica, esa sensación de ser capturado por lo increíble, que constituye la esencia de los sueños…

Permaneció un rato en silencio.

-No, es imposible; es imposible transmitir la sensación de vida de una época cualquiera de la propia existencia; lo que le confiere veracidad y significado, su esencia sutil y penetrante. Es imposile. Vivimos igual que soñamos: solos.

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Marlow, en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

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Hay en la sencillez algo que nos fascina.

Siempre ha sido así en nuestros pequeños cerebros de primates, y más aún ahora que esa pequeña máquina de vivir está asediada sin descanso por hordas de complejidad vana enmascarada con imágenes y colores suntuosos. Hasta yo mismo cubro mi falta de sapiencia a la hora de expresarme con un montón de palabras redichas e innecesarias.

Por todo esto no nos queda otra opción que admirarnos cuando nos topamos con la sencillez. Pero no caigamos en la equivocación de sorprendernos tan sólo por la calma que nos concede ante las ornamentaciones del siglo XXI. Porque en este caso estamos hablando de la punta del  iceberg, un saliente piramidal que rompe la horizontalidad del mar con su brillo blanco e inmaculado, pero que a su vez oculta más de lo que contemplamos. Mucho más. Esta punta de iceberg podría ser la alegoría de esta fábula de Heminway, un relato en el que late entre cada palabra la vida del premio Nobel de literatura. No puedo más que recomendar esta lectura. Será seguro un remanso de paz para el lector ante tantas novelas de moros y cristianos, de vampiros, magos y conspiraciones fantásticas. Pero será también un monumento a todo aquello que nos fascina sin necesidad de palabras complejas, un homenaje a las miradas intensas rodeadas de silencio, un paseo por los rincones de nuestra soledad y por encima de todo, literatura.

Cuando cerramos el libro tras la última palabra, y acariciamos el lomo con cariño, caemos en la cuenta de que la maestría no requiere de 600 páginas ni  de sagas infinitas para expresarse. Nunca lo necesitó. Lo bueno si breve, dos veces bueno, dicen.  Estáis de enhorabuena, lectores perezosos. Tenéis lo mejor.

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Empezar con buen pie, eso dicen que sería lo suyo al empezar una nueva tarea, porque lo que mal empieza mal acaba. Ese pequeño primer paso es determinate, aun siendo anecdótico ante la totalidad de nuestros actos posteriores. Y si no, que se lo digan a la buena de mi vecina, 63 años, montones de brazadas, gritos y pataleos, todos inútiles porque iban precedidos de un mal paso en el escalón más alto. Cuatro metros de aguzadas escaleras rodando, y cuatro meses en el hospital, un miedo terrible a las alturas y a salir de casa y una cadera destrozada ya por mucha terapia que reciba. La importancia de “empezar con buen pie”  no sólo la encontramos en ejemplos domésticos, también la conocían desde tiempos inmemoriales multitud (sino todas) las culturas. El sacrificio de una bella virgen para dar por inauguradas las festividades podía tornarse en la maldiciónde unas intensas jornadas de desgracia si la susodicha no resultaba ser del todo “casta”; encender a la primera el puñetero pebetero olímpico (aunque haya que recurrir a algún que otro truquejo) parece dejar respirar al público; la subida al caballo torpe de un rey, tan torpe que es devuelto al suelo con un relincho y un rumor de la multitud que despide a la soldadesca, presagiaba mucha sangre amiga derramada en el campo de batalla…y qué decir de un cuatrimestre en el que empiezas con 4 suspensos de 5 asignaturas en la universidad. No, definitivamente, no se confunden al dar importancia al empezar con buen pie.

¡Já! Me contestó la conciencia, rememorando. Acuérdate de esa mujerzuela tan guapa a la que echaste el guante hace un par de meses, después de la manifestación feminista. Qué bien empezásteis. Cúantas veces no te insultó el segundo mes, y no siempre sin razón. Qué mal acabó la cosa con esa terrible cicatriz en la frente que te dejó al devolverte el último regalo de disculpas (¿una sartén? ¡en qué estarías pensando! En lo de subormal machista acertó). Y acuérdate también de lo mono que eras de pequeño. Mírate ahora. Piensa en Maradona. En Ronaldinho. Maldita sea, mira el deslumbrante vergel que era la tierra no hace tanto y contempla el jodido estercolero en el que se está convirtiendo. ¿Qué conclusión sacas? Eso es. Importa el final. Cómo acabas.

Parón. Me doy una vuelta por la casa. No me gusta lo que escribo. Para ser mi primera entrada, algo falla. Sin embargo, sé que la respuesta a lo que planteo está ahí. En ese vaso de leche a medio tomar. En la carrera de “cinco” años sin terminar. En todos los momentos interminables en los brazos de una mujer. En cada uno de los libros que descansan en mi mesilla con el marcapáginas a la mitad. Ahora, rememorando esa sensación de comprensión, selecciono más fácilmente cada palabra, cada punto y cada coma. Porque entiendo que lo que cuenta en un paseo, en un blog, en un libro, en un amor…en la vida en definitiva, no es el primer paso ni el último, sino el camino.

Bienvenidos a un pedazo de lo que contemplo mientras ando.

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