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Posts Tagged ‘Mar’

Estuve soñando otra vez con cosas incoherenes, traídas desde no sé que rincón oscuro de mi subconsciente, y ahora interpretadas (y viciadas) por mi yo consciente. Es curioso no obstante cuán reveladores son estos recuerdos. Sin embargo siempre comienzan sin ningún título que nos haga intuir de qué va hoy  la historia.

En primer lugar fue una chancla. Una chancla de piscina, de esas con la suela de plástico y una tira también de plástico destinada a abrazar el empeine. Estaba medio hundida en la arena. Al lado de la chancla reconocía marcas de pies, las cuales recuerdo con asombroso detalle. Cómo estaba mucho más hundida la parte correspondiente al talón, cómo se separaba el pulgar del resto de dedos, y esa uniformidad en la pisada característica de los pies planos. Mi mirada se desviaba entonces hacia arriba, y me encontraba con el mar. Allí estaba en su plenitud, un banda horizontal que separaba dos azules. Mi ojos no encontraban límites ni a la izquierda ni a la derecha, y me esforzaba en escudriñar la única referncia, aquel horizonte, entrecerrando los ojos, intentando encontrar ese punto en el que cambia la curvatura terrestre hacia abajo.

Y sin previo aviso, el tacto de la arena desapareció de la planta del pie. Estaba cayendo. Mi obstinación me había llevado al precipicio en el que se acaba el mundo, y de repente caía. Lo único que veía era un azul oscuro cambiando vertiginosamente a negro. Me sumergía en la oscuridad, gritaba, pero no oía mi propia voz. Iba  demasiado rápido,  dejaba atrás el sonido. La nada lo cosumía todo, lo deglutía ansiosa de experiencia. En la negrura total perdí la sensación de velocidad, y solo flotaba. Dejé de distinguir entre tener los ojos abiertos o cerrados, mi mente se abrió a la realidad y la realidad penetró en mí, fundiéndose ambas en ese oscuro vacío. Dejé de respirar. Allí eso no tenía sentido Había llegado a un limbo, y justo cuando me disponía a aceptar mi desaparición, una luz llamó mi atención. Un pequeño punto de luz que iba poco a poco expandiéndose. No, no se expandía, venía directo hacia mí. En un instante la blancura me engulló, y noté el frío suelo contra mi carne. Era frío y rugoso, y sentí el crujir de mis huesos contra su dureza, contemplé horrorizado cómo mi piel cedía sin poder contenerme ante el golpe brutal, y cómo ya rota dejaba salir absolutamente todo lo que había dentro de mí.

Inexplicablemente, la masa sanguinolenta a la que había quedado reducido mi cuerpo tras el impacto aún era capaz de albergar el sentido del tacto. Porque noté cómo la aspereza del suelo se transformaba en suave caricia y el frío abrazo de mi caída en una agradale calidez.

Eran mis sábanas en la piel, agitadas por el roce de mis  desesperados brazos y piernas. El reloj aún marcaba las 4:33, pero no conseguí pegar ojo hasta el amanecer. A pesar de la luz, dormí la hora que me dio de tregua el despertador. Mi padre me miró a los ojos durante el desayuno, pensativo, y masculló con gesto disgustado:

-Deberían dejar morir a ese perro los vecinos. Los ruidos esta noche han sido espantosos.


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Hay en la sencillez algo que nos fascina.

Siempre ha sido así en nuestros pequeños cerebros de primates, y más aún ahora que esa pequeña máquina de vivir está asediada sin descanso por hordas de complejidad vana enmascarada con imágenes y colores suntuosos. Hasta yo mismo cubro mi falta de sapiencia a la hora de expresarme con un montón de palabras redichas e innecesarias.

Por todo esto no nos queda otra opción que admirarnos cuando nos topamos con la sencillez. Pero no caigamos en la equivocación de sorprendernos tan sólo por la calma que nos concede ante las ornamentaciones del siglo XXI. Porque en este caso estamos hablando de la punta del  iceberg, un saliente piramidal que rompe la horizontalidad del mar con su brillo blanco e inmaculado, pero que a su vez oculta más de lo que contemplamos. Mucho más. Esta punta de iceberg podría ser la alegoría de esta fábula de Heminway, un relato en el que late entre cada palabra la vida del premio Nobel de literatura. No puedo más que recomendar esta lectura. Será seguro un remanso de paz para el lector ante tantas novelas de moros y cristianos, de vampiros, magos y conspiraciones fantásticas. Pero será también un monumento a todo aquello que nos fascina sin necesidad de palabras complejas, un homenaje a las miradas intensas rodeadas de silencio, un paseo por los rincones de nuestra soledad y por encima de todo, literatura.

Cuando cerramos el libro tras la última palabra, y acariciamos el lomo con cariño, caemos en la cuenta de que la maestría no requiere de 600 páginas ni  de sagas infinitas para expresarse. Nunca lo necesitó. Lo bueno si breve, dos veces bueno, dicen.  Estáis de enhorabuena, lectores perezosos. Tenéis lo mejor.

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