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Posts Tagged ‘noche’

Fuera hacía frío.

Un abrigo tan grueso estorbaba al comenzar la noche. Ahora, próximo ya el amanecer, Joan agradecía su calidez, aunque no acababa de extinguir los temblores. Demasiado sudor, demasiado contraste de temperaturas.

-¡Vámonos señores!

Este tipo nunca renuncia a su papel de líder animoso. Ni siquiera ahora, tras horas en ese antro, con ojeras que relucían a la luz del cartel de entrada, apestando a tabaco y a alcohol, cejaba en su empeño de resultar alguien de fiar. Al fin y al cabo era un buen tipo, pensaba Joan. De no ser por él no habría venido a Madrid.

El grupo se encaminó hacia el metro, ya abierto a esas horas. No hablaban mucho. Estaban cansados, y en sus cabezas, tras el ruido atronador de la música, no quedaba ya más que un silencio enmarcado por un ligero palpitar y la imagen de una cama.

Joan observaba los andares particularmente ebrios del tipo rubio al que no conseguía dar nombre. Era algo con t. ¿Tomás? ¿Antonio? De repente un tremendo quejido, procendente del callejón de la izquierda hizo que todo el grupo girara la cabeza. Parecía un cerdo con el cuello cortado intentando respirar. Joan era un tipo de ciudad, pero aún así, sin haberlo visto nunca, imaginaba que allí en la oscuridad un animal moría. Los estertores pararon, se oyó un jadear, y de nuevo empezó la oleada de desagradables sonidos.

-¡A alguien se le ha caído el cocido!

Unas risotadas acompañaron a la broma de su amigo, y todos siguieron su camino compartiendo miradas cómplices. Joan se retrasó un poco, y se asomó al callejón.

Iluminada por la luz tenue de una farola cercana, una chica estaba vomitando con violencia. Se apoyaba en la pared, y su menudo cuerpecillo se sacudía con fuertes temblores. A su lado había un tipo desagradablemente sospechoso, que contemplaba a la muchacha  con una mueca de asco y hastío. Joan se sintió invadido por la compasión, y en ese momento, la chica levantó la cabeza en una tregua que le había dado su estómago. Sus miradas se cruzaron. Tenía  los ojos hinchados del esfuerzo, revuelta la dorada melena y  maquillaje  y lágrimas resbalaban por las mejillas.

Joan sonrió, y regresó con los demás. Contrastes. Era el mismo rostro que había contemplado absorto en el local, de eso no había duda. Porque a pesar de su decrepitud, seguía teniendo cierto encanto. Es lo que tienen los ángeles caídos.

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El bar no merecía ese nombre.

Algún optimista con muy pocas luces había llamado a aquel local escondido en los bajos de Argüelles El Oasis. Joan se preguntaba cómo aquella lúgubre sala con barra de madera de hacía 20 años y cinco mesas que acumulaban mierda desde hacía otros tantos años podía llenarse tanto, hasta el punto de que la inmensa mayoría de los parroquianos estaban de pie.

Joan cavilaba, mientras agitaba su copa en la mano.  Suponía que la mitad de la gente había acudido a tal encerrona instigados por el amigo madrileño marchoso que quería hacer de cabecilla de turno. ¡Hay un ambiente bestial, ya verás como se pone la cosa a eso de las dos!

Efectivamente. Bestial. El ambiente estaba cargado de sudor, hasta el punto de que no se llegaba a distinguir entre el propio y el que se acababa condensando en la piel. Joan sentía, en una mezcla de admiración y asco,  como esas pequeñas gotas tomaban forma en su brazo y en su frente, cuando una enloquecida rubia se abalanzó por su espalda entregada a la música que atronaba en el local y chocó contra él.

Parte de su copa se derramó sobre sus zapatos, y resignado miró a la causante de que ahora su calzado estuviera perfumado con un sutil aroma a ron de cinco euros.

Abrió sus catalanes ojos con asombro. Parecía imposible que en aquel lugar oscuro, sucio y sofocante hubiera ido a parar una chica como aquella. Sus curvas menudas se agitaban al rimo de la música; tenía los ojos cerrados y una sonrisa que no escondía a pesar de su tensión el volumen exagerado y sugerente de unos labios que enmarcaban unos dientes relucientes como el marfil pulido.

Aquella diosa ni siquiera había reparado en el estropicio que había ocasionado en los pies de un simple mortal como él.  Joan cayó en la cuenta de que no estaba bailando con nadie, de que se retorcía frenéticamente buscándose a sí misma. Esa energía probablemente se la daba algún que otro fruto dispensado de manos de uno de los varios camellos que había por el local intentando disimular su condición. Eso sí,  sólo ante aquellos que no quisieran encontrarlos.

La contempló absorto durante un buen rato. Pensó en dirigirse a ella, en bromear sobre sus zapatos, hacerla sonreír.  Pero aquel ron, en contra de sus previsiones, le había sumergido en una estúpida melancolía resignada. Además, seria mejor no sacarla de su estado. Joan sabía que no era bueno despertar a un sonámbulo en sus ensoñaciones, nunca se podía saber cómo iba sentarle la interrupción.

Mientras la miraba se dio cuenta de que ya la había perdonado, y de que al fin y al cabo había merecido la pena perderse en aquel antro.

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Estuve soñando otra vez con cosas incoherenes, traídas desde no sé que rincón oscuro de mi subconsciente, y ahora interpretadas (y viciadas) por mi yo consciente. Es curioso no obstante cuán reveladores son estos recuerdos. Sin embargo siempre comienzan sin ningún título que nos haga intuir de qué va hoy  la historia.

En primer lugar fue una chancla. Una chancla de piscina, de esas con la suela de plástico y una tira también de plástico destinada a abrazar el empeine. Estaba medio hundida en la arena. Al lado de la chancla reconocía marcas de pies, las cuales recuerdo con asombroso detalle. Cómo estaba mucho más hundida la parte correspondiente al talón, cómo se separaba el pulgar del resto de dedos, y esa uniformidad en la pisada característica de los pies planos. Mi mirada se desviaba entonces hacia arriba, y me encontraba con el mar. Allí estaba en su plenitud, un banda horizontal que separaba dos azules. Mi ojos no encontraban límites ni a la izquierda ni a la derecha, y me esforzaba en escudriñar la única referncia, aquel horizonte, entrecerrando los ojos, intentando encontrar ese punto en el que cambia la curvatura terrestre hacia abajo.

Y sin previo aviso, el tacto de la arena desapareció de la planta del pie. Estaba cayendo. Mi obstinación me había llevado al precipicio en el que se acaba el mundo, y de repente caía. Lo único que veía era un azul oscuro cambiando vertiginosamente a negro. Me sumergía en la oscuridad, gritaba, pero no oía mi propia voz. Iba  demasiado rápido,  dejaba atrás el sonido. La nada lo cosumía todo, lo deglutía ansiosa de experiencia. En la negrura total perdí la sensación de velocidad, y solo flotaba. Dejé de distinguir entre tener los ojos abiertos o cerrados, mi mente se abrió a la realidad y la realidad penetró en mí, fundiéndose ambas en ese oscuro vacío. Dejé de respirar. Allí eso no tenía sentido Había llegado a un limbo, y justo cuando me disponía a aceptar mi desaparición, una luz llamó mi atención. Un pequeño punto de luz que iba poco a poco expandiéndose. No, no se expandía, venía directo hacia mí. En un instante la blancura me engulló, y noté el frío suelo contra mi carne. Era frío y rugoso, y sentí el crujir de mis huesos contra su dureza, contemplé horrorizado cómo mi piel cedía sin poder contenerme ante el golpe brutal, y cómo ya rota dejaba salir absolutamente todo lo que había dentro de mí.

Inexplicablemente, la masa sanguinolenta a la que había quedado reducido mi cuerpo tras el impacto aún era capaz de albergar el sentido del tacto. Porque noté cómo la aspereza del suelo se transformaba en suave caricia y el frío abrazo de mi caída en una agradale calidez.

Eran mis sábanas en la piel, agitadas por el roce de mis  desesperados brazos y piernas. El reloj aún marcaba las 4:33, pero no conseguí pegar ojo hasta el amanecer. A pesar de la luz, dormí la hora que me dio de tregua el despertador. Mi padre me miró a los ojos durante el desayuno, pensativo, y masculló con gesto disgustado:

-Deberían dejar morir a ese perro los vecinos. Los ruidos esta noche han sido espantosos.


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Érase una vez un hombre perdido.

Estaba perdido en el mundo desde el día en que supo que estaba solo. Recordaba en sus vagabundeos el momento en el que quedó así. Fue en una noche despejada, con un cielo cuajado de estrellas y una luna que bañaba la tierra de pálido azul. Paseaban los dos juntos, su locura y él, acompañándose en silencio. Se encontraba feliz con ella. Nunca le fallaba; nunca le faltaba. Guiaba sus pasos ante el miedo, le hacía desafiar al  día a día a duelos a muerte, se reían juntos de lo común y del tedio. Soñaban con los futuros más inverosímiles, retándose a inventar las historias de sus vidas una y otra vez. Disfrutaba ante sus ocurrencias, y quedaba prendado de su risa cómplice cuando adivinaba sus pensamientos. Era la persona más afortunada al sentir su calor mientras dormía,  siempre le consolaba acariciando sus cabellos y le susurraba palabras de aliento al oído tras la desdicha. Se sonrió al pensar en su amante, y cerró los ojos para compartir con ella aquella brisa de una noche de verano. Y mirándola besó sus labios carnosos, henchidos de jugo vital y de energía.

Pero unos ojos celosos les contemplaban. La prudencia, la madurez y la responsabilidad llevaban tiempo siguiéndoles. Le querían a él, su juventud, su fuerza y su calor. Habían estado haciéndose fuertes en un rincón de su mente, maquinando cómo atacar, odiando en su destierro a la dulce locura. En esa noche aciaga llegó su momento, aunque el hombre amado, ahora el hombre perdido, no supo ver la tragedia que se cernía sobre él.

La besó como nunca antes, sintiendo que era la última vez,  mordiendo su carne, desgarrando su corazón en un apasionado abrazo. Al tiempo que apretaban sus cuerpos inflamados, lloraba. Se mezclaron en su piel el sudor de la lucha y la sangre derramada. Corrieron por sus mejillas lágrimas derrotadas, saladas, cálidas. Se amaron, se despidieron. No comprendió el porqué le abandonaba, pero al abrir los ojos de nuevo, ya no quedaba más que muerte en el mundo. Ella no estaba. Contempló por enésima vez su soledad y lloró, vaciándose en un grito de comprensión y horror. Ya no tenía ante sí una vida, sino realidad, sucia y fría.

Cuentan que esa noche, desgarrando su alma y retando al cielo, prometió buscar a su amor hasta la muerte. Viajaría a los rincones más oscuros del mundo, trataría con las sensaciones más profundas y peligrosas, probaría los venenos más mortales y nadaría en los ojos de todas las mujeres tratando de encontrar alguna pista, algún latido que reviviera la locura.

Nadie llenó de sonrisas su tez cansada. Él ahora sólo camina. Abandonado. Dicen que sigue vagando condenado a una eterna soledad, que luce como un hombre común y corriente, pero su mirada infunde terror a quien osa retarla. Porque en sus pupilas se haya la más insondable de las tristezas desde el día en que supo que era un hombre cuerdo.

Arturo Garrido Galán, Enero 2010

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Cuando las cortinas de mis párpados se cierran, empujadas por el incansable cansado, el sueño, en esa semioscuridad de batallas entre el consciente y el inconsciente, surge un pequeño destello, un par de ojos que me miran recelosos. Justo antes de caer rendido a morfeo, imagino, y a veces tengo la certeza de que andas por ahí azuzando alguna de mis pesadillas…o de mis sueños.


Anónimo, gracias a mi incompetencia para tomar notas

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