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Posts Tagged ‘oscuridad’

Hasta que uno no se ha manchado las manos de sangre no es hombre en el sentido intelectual de la palabra. Hasta que uno no tiene remordimientos, certeza de su propia oscuridad, no es ser humano lúcido y consciente. La sangre en las uñas es fundamental. ¿Por qué Ulises es sabio? Pues porque ha sobrevivido a Troya. El héroe que muere en Troya no tiene ningún problema, muere en plena gloria sin plantearse preguntas. Lo malo es cuando el héroe sobrevive y tiene que regresar a Ítaca con los muertos en la memoria, con el grito de las mujeres violadas, con la sangre en las uñas. Ulises es el héroe moderno, interesante de  verdad, el que sobrevive a Troya, el que envejece, el de canas en la barba, el que tiene memoria y horror en la memoria, el que ha bajado a la cueva de Cíclope, el que ha estado en el vientre del caballo de madera. La medalla, el signo que distingue al héroe, es tener sangre en las manos.

Arturo Pérez Reverte, entrevista completa en QUE LEER, nº 152, Marzo 2010, págs. 64-68

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Estuve soñando otra vez con cosas incoherenes, traídas desde no sé que rincón oscuro de mi subconsciente, y ahora interpretadas (y viciadas) por mi yo consciente. Es curioso no obstante cuán reveladores son estos recuerdos. Sin embargo siempre comienzan sin ningún título que nos haga intuir de qué va hoy  la historia.

En primer lugar fue una chancla. Una chancla de piscina, de esas con la suela de plástico y una tira también de plástico destinada a abrazar el empeine. Estaba medio hundida en la arena. Al lado de la chancla reconocía marcas de pies, las cuales recuerdo con asombroso detalle. Cómo estaba mucho más hundida la parte correspondiente al talón, cómo se separaba el pulgar del resto de dedos, y esa uniformidad en la pisada característica de los pies planos. Mi mirada se desviaba entonces hacia arriba, y me encontraba con el mar. Allí estaba en su plenitud, un banda horizontal que separaba dos azules. Mi ojos no encontraban límites ni a la izquierda ni a la derecha, y me esforzaba en escudriñar la única referncia, aquel horizonte, entrecerrando los ojos, intentando encontrar ese punto en el que cambia la curvatura terrestre hacia abajo.

Y sin previo aviso, el tacto de la arena desapareció de la planta del pie. Estaba cayendo. Mi obstinación me había llevado al precipicio en el que se acaba el mundo, y de repente caía. Lo único que veía era un azul oscuro cambiando vertiginosamente a negro. Me sumergía en la oscuridad, gritaba, pero no oía mi propia voz. Iba  demasiado rápido,  dejaba atrás el sonido. La nada lo cosumía todo, lo deglutía ansiosa de experiencia. En la negrura total perdí la sensación de velocidad, y solo flotaba. Dejé de distinguir entre tener los ojos abiertos o cerrados, mi mente se abrió a la realidad y la realidad penetró en mí, fundiéndose ambas en ese oscuro vacío. Dejé de respirar. Allí eso no tenía sentido Había llegado a un limbo, y justo cuando me disponía a aceptar mi desaparición, una luz llamó mi atención. Un pequeño punto de luz que iba poco a poco expandiéndose. No, no se expandía, venía directo hacia mí. En un instante la blancura me engulló, y noté el frío suelo contra mi carne. Era frío y rugoso, y sentí el crujir de mis huesos contra su dureza, contemplé horrorizado cómo mi piel cedía sin poder contenerme ante el golpe brutal, y cómo ya rota dejaba salir absolutamente todo lo que había dentro de mí.

Inexplicablemente, la masa sanguinolenta a la que había quedado reducido mi cuerpo tras el impacto aún era capaz de albergar el sentido del tacto. Porque noté cómo la aspereza del suelo se transformaba en suave caricia y el frío abrazo de mi caída en una agradale calidez.

Eran mis sábanas en la piel, agitadas por el roce de mis  desesperados brazos y piernas. El reloj aún marcaba las 4:33, pero no conseguí pegar ojo hasta el amanecer. A pesar de la luz, dormí la hora que me dio de tregua el despertador. Mi padre me miró a los ojos durante el desayuno, pensativo, y masculló con gesto disgustado:

-Deberían dejar morir a ese perro los vecinos. Los ruidos esta noche han sido espantosos.


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Hoy. Ahora.

¿Quién narices me va a sacar de este agujero? Yo sólo no encuentro fuerzas ni para gritar. O alguien me agarra con fuerza o voy a acabar pudriéndome en esta oscuridad. Pero he perdido el contacto con la realidad. ¿Quién se acordará de aquel que no existe?

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