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Posts Tagged ‘perdido’

El bar no merecía ese nombre.

Algún optimista con muy pocas luces había llamado a aquel local escondido en los bajos de Argüelles El Oasis. Joan se preguntaba cómo aquella lúgubre sala con barra de madera de hacía 20 años y cinco mesas que acumulaban mierda desde hacía otros tantos años podía llenarse tanto, hasta el punto de que la inmensa mayoría de los parroquianos estaban de pie.

Joan cavilaba, mientras agitaba su copa en la mano.  Suponía que la mitad de la gente había acudido a tal encerrona instigados por el amigo madrileño marchoso que quería hacer de cabecilla de turno. ¡Hay un ambiente bestial, ya verás como se pone la cosa a eso de las dos!

Efectivamente. Bestial. El ambiente estaba cargado de sudor, hasta el punto de que no se llegaba a distinguir entre el propio y el que se acababa condensando en la piel. Joan sentía, en una mezcla de admiración y asco,  como esas pequeñas gotas tomaban forma en su brazo y en su frente, cuando una enloquecida rubia se abalanzó por su espalda entregada a la música que atronaba en el local y chocó contra él.

Parte de su copa se derramó sobre sus zapatos, y resignado miró a la causante de que ahora su calzado estuviera perfumado con un sutil aroma a ron de cinco euros.

Abrió sus catalanes ojos con asombro. Parecía imposible que en aquel lugar oscuro, sucio y sofocante hubiera ido a parar una chica como aquella. Sus curvas menudas se agitaban al rimo de la música; tenía los ojos cerrados y una sonrisa que no escondía a pesar de su tensión el volumen exagerado y sugerente de unos labios que enmarcaban unos dientes relucientes como el marfil pulido.

Aquella diosa ni siquiera había reparado en el estropicio que había ocasionado en los pies de un simple mortal como él.  Joan cayó en la cuenta de que no estaba bailando con nadie, de que se retorcía frenéticamente buscándose a sí misma. Esa energía probablemente se la daba algún que otro fruto dispensado de manos de uno de los varios camellos que había por el local intentando disimular su condición. Eso sí,  sólo ante aquellos que no quisieran encontrarlos.

La contempló absorto durante un buen rato. Pensó en dirigirse a ella, en bromear sobre sus zapatos, hacerla sonreír.  Pero aquel ron, en contra de sus previsiones, le había sumergido en una estúpida melancolía resignada. Además, seria mejor no sacarla de su estado. Joan sabía que no era bueno despertar a un sonámbulo en sus ensoñaciones, nunca se podía saber cómo iba sentarle la interrupción.

Mientras la miraba se dio cuenta de que ya la había perdonado, y de que al fin y al cabo había merecido la pena perderse en aquel antro.

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<<Soluciones para una situación crítica:

1. Destruir, eliminar o matar al causante de la situación

2. Sustituir la situación por otra. Preferiblemente, que sea menos crítica.

3. Aceptación. Trágate la mierda. No es necesario que la disfrutes, pero aprende a pasar el mal trago, o incluso a vivir con ese excremento incrustado en tu laringe.

4. Huida. Si hay problemas, corre. Muy lejos. Más vale que hayas entrenado, porque los problemas son el animal más persistente que existe.

5. Transformación. Reinventa un tú nuevo para el cual la situación no sea crítica. Solución no válida para narcisistas.

6. Suicidio. La forma de huida definitiva. No está garantizado que los problemas no puedan viajar al más allá. Solución no válida para narcisistas no románticos.

7. Abandono. La situación crítica vence, pero por incomparecencia del rival. Ganas una victoria moral, pero has abandonado. Solución no válida para orgullosos.

8. Sugestión. Te convences de que la situación no es tan crítica. No solucionas nada, pero ya no hay situación crítica. Ahora sólo es un problemilla. Quizás eso te ayude a resolverlo.

9. Locura. Es difícil hacerse el loco, y más aún serlo, pero tras convencer a los demás de tu falta de cordura te meten en un sitio acolchado donde no hay más situaciones críticas. Salvo la obvia. ¡Estás loco chaval!

10. Escribir. Hay quien lo considera de locos (equivalente a hablar solo). Puede servir para sugestionarse positivamente. Huyes, abandonas y aceptas a un tiempo. Consigues, entregándote al ejercicio hipnótico de convertir palabras en intención, transformarte en un asesino de situaciones críticas. Las tornas en oportunidades de hablarle al papel. Solución apta para todo tipo de personas.

P.S.: ¿alguna otra sugerencia? >>

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Decálogo encontrado como una última anotación en la libreta de un expedicionario en 1964. El cuaderno de viaje se hallaba entre las escasas pertenencias que se consiguieron rescatar tras la búsqueda infructuosa del aventurero. Sus familiares informaron de la desaparición a las autoridades tras encontrar una misteriosa nota en la que el sujeto, de 30 años de edad, avisaba de una pronta partida al desierto “hacia la victoria”. Su madre leyó incrédula el escueto mensaje escrito con una caligrafía apresurada. Y efectivamente, fue en el desierto Victoria, en Australia, bajo un arbusto, donde descubrieron los últimos objetos que le ligaban a este mundo.

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Érase una vez un hombre perdido.

Estaba perdido en el mundo desde el día en que supo que estaba solo. Recordaba en sus vagabundeos el momento en el que quedó así. Fue en una noche despejada, con un cielo cuajado de estrellas y una luna que bañaba la tierra de pálido azul. Paseaban los dos juntos, su locura y él, acompañándose en silencio. Se encontraba feliz con ella. Nunca le fallaba; nunca le faltaba. Guiaba sus pasos ante el miedo, le hacía desafiar al  día a día a duelos a muerte, se reían juntos de lo común y del tedio. Soñaban con los futuros más inverosímiles, retándose a inventar las historias de sus vidas una y otra vez. Disfrutaba ante sus ocurrencias, y quedaba prendado de su risa cómplice cuando adivinaba sus pensamientos. Era la persona más afortunada al sentir su calor mientras dormía,  siempre le consolaba acariciando sus cabellos y le susurraba palabras de aliento al oído tras la desdicha. Se sonrió al pensar en su amante, y cerró los ojos para compartir con ella aquella brisa de una noche de verano. Y mirándola besó sus labios carnosos, henchidos de jugo vital y de energía.

Pero unos ojos celosos les contemplaban. La prudencia, la madurez y la responsabilidad llevaban tiempo siguiéndoles. Le querían a él, su juventud, su fuerza y su calor. Habían estado haciéndose fuertes en un rincón de su mente, maquinando cómo atacar, odiando en su destierro a la dulce locura. En esa noche aciaga llegó su momento, aunque el hombre amado, ahora el hombre perdido, no supo ver la tragedia que se cernía sobre él.

La besó como nunca antes, sintiendo que era la última vez,  mordiendo su carne, desgarrando su corazón en un apasionado abrazo. Al tiempo que apretaban sus cuerpos inflamados, lloraba. Se mezclaron en su piel el sudor de la lucha y la sangre derramada. Corrieron por sus mejillas lágrimas derrotadas, saladas, cálidas. Se amaron, se despidieron. No comprendió el porqué le abandonaba, pero al abrir los ojos de nuevo, ya no quedaba más que muerte en el mundo. Ella no estaba. Contempló por enésima vez su soledad y lloró, vaciándose en un grito de comprensión y horror. Ya no tenía ante sí una vida, sino realidad, sucia y fría.

Cuentan que esa noche, desgarrando su alma y retando al cielo, prometió buscar a su amor hasta la muerte. Viajaría a los rincones más oscuros del mundo, trataría con las sensaciones más profundas y peligrosas, probaría los venenos más mortales y nadaría en los ojos de todas las mujeres tratando de encontrar alguna pista, algún latido que reviviera la locura.

Nadie llenó de sonrisas su tez cansada. Él ahora sólo camina. Abandonado. Dicen que sigue vagando condenado a una eterna soledad, que luce como un hombre común y corriente, pero su mirada infunde terror a quien osa retarla. Porque en sus pupilas se haya la más insondable de las tristezas desde el día en que supo que era un hombre cuerdo.

Arturo Garrido Galán, Enero 2010

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No tengo nada, salvo vejez, fea vejez.

Ha pasado toda una vida y aquí estoy, preso de mis recuerdos, ahogado en un mar de palabras nunca dichas ni escritas. Pienso sobre lo que nunca tuve y sobre lo que ya es tarde para tener. Quizás hace no mucho tiempo la conciencia de mi pequeñez me hubiese ayudado a ser más grande. Pero ahora es tarde. Llegó la hora al tiempo que llegaron a mi tez las arrugas del cansancio. Sólo tengo fuerzas ya para dejar constancia de lo mucho que hecho de menos tener tiempo. De cuán arrepentido estoy de no haber vivido, de no haber amado, de no haber sabido sufrir para así, por una vez, sentir. Respirar. Mirar. Besar. Anhelar. Cualquier instante me hubiera transformado en infinito sólo si hubiera querido, y con él habría viajado a lugares de los que no es posible volver sin haberse visto en el espejo. Ya es tarde para viajar. Ya no hay tiempo  ni siquiera para el caminar de este cuerpo viejo que se marchita. Sólo me queda sonreír ante los ojos inocentes de los niños, mientras los míos se humedecen y mi alma llora, mientras los demás miran con compasión a un vejete que chochea. Cuánto tiempo perdido.

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