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Posts Tagged ‘ser’

Esa luz entrante es pornográfica, y a veces conviene ser erótico.

Jose María, en alguna mesa perdida de la cafetería

 

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Ey, no nos engañemos, el género humano a menudo apesta. Sí, es bueno decirlo, darse cuenta, tomar conciencia. Jode, porque aunque al final ineludiblemete todos acabamos siendo unos hideputas, perdón por la expresión, al principio del cuento siempre tenemos buenas intenciones.

Ahora es cuando el que suscribe y la mayoría de los que leen piensan que no, que en nuestro caso somos fundamentalmente buenos, y nuestras intenciones y aspiraciones no conllevan ninguna hostilidad para con el prójimo. Y eso, amigo mío, es imposible. Somos demasiados, y los recursos a los que aspiramos, sea comida, un puesto de trabajo, una churri ( o churro), el dinero o simplemente los asientos en el metro son aspectos materiales y por lo tanto limitados. Lo que se traduce en conflicto. ¿O es que piensas regalar tu dinero? No seas hippiepollas, hazte un favor.


Otra cosa es que haya dado precisamente con el único lector yuppi o loco ( o precisamente cuerdo) al que lo tangible se la trae al pairo y lo que valora tanto en él como en los demás son esas cosas pertenecientes al ámbito de lo etéreo y difuso, como es la amistad, el amor, (el humor), la belleza, la lealtad, la honestidad…en fin, si no eres tú, no hace falta que continúe sonrojándote enumerando aquello que debería importarte, y si lo eres, pues bien, ya me entiendes; el rollo ese que es tan sumamente fácil de comprender y harto difícil de llevar a la práctica. Pero estoy empezando a divagar: hideputas.

Tengo la suerte de haberme cruzado a lo largo de mi vida con personas que son lo suficientemente sensatas como para darse cuenta de que nadie es ni bueno ni malo, dentro de los estándares habituales de esta palabras. Esa gente me ha hecho ver que en cualquier momento lo que tenemos delante, todos y cada uno, son opciones, elecciones ante una situación real, y que es la manera en que las afrontamos lo que nos define, no una idea preconcebida de ser humano. Así, tanto en tí como en mí existe la posibilidad de hacer cabronadas, hablando en plata, o de no hacerlas, o incluso la opción de hacer algo digno que nos diferencie de los chimpancés. Resumiendo: todos somos hideputas, pero podemos escoger no desarrollar ese lado.

Por esto prefiero huir (y tú deberías de hacer lo mismo, hablo en serio) tanto de los beatos estúpidos que creen que todo es genial como de aquellos pesimistas empedernidos que ven una especie de sino maléfico irrenunciable en sus quehaceres. La cosa no va a pecar hagas lo que hagas, joder. Y aunque seas el mismísimo Satanás, tú también puedes encontrar nuevos hobbies más constructivos que ir haciendo el mal. Eso sí, somos todos unos cabroncetes en potencia, y aunque lo seamos sólo en potencia siempre nos llega la hora de meter la pata, porque somos humanos: falibles, torpes y con dudosa rectitud moral, si alguna vez alguno de nosotros la tuvo.

Ahora bien; sabiendo esto, siendo conscientes de nuestsa capacidad de elección, nos toca luchar por no claudicar. Hemos de reconocer el mal, mirarlo a los ojos y desafiarlo con testarudez, aunque el primer paso  de esta terna suela ser el más complicado. Eso es lo que me gusta de tipos como Nietzsche: reconocen la imperfección, pero luchan por cambiar ese estado, porque tienen la convicción de que hay otra realidad posible. Y si no pretenden cambiarlo, como nos suele pasar a todos (es una labor titánica), al menos no se engañan. Ni a ellos mismos ni a ti. Mejor la honestidad, aunque duela.

Me caen bien los cabrones honestos, no puedo evitarlo. Saben que el hombre es una hermosa posibilidad. Hilando con esto último, no recuerdo bien donde leí algo parecido a…“preocúpate cuando nadie sea capaz de decirte que haces algo mal, porque significará que nadie cree que puedas hacerlo bien.”

2010

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Dejar de Ser

Érase una vez un hombre que dejó de ser.

Sin embargo, su cuerpo seguía siendo. Era un hecho palpable. Todos los días comía, bebía, hablaba y dormía. En ese sentido, nadie que le hubiera visto diría que estaba incompleto, que le faltaba una parte fundamental, como a un tullido una pierna.

No obstante las personas cercanas a él, tales como sus padres, sus amigos o sus hermanos, sin ver nada en su apariencia que les hiciera sospechar, empezaron a sentirse incómodos en su presencia.

Hablaba pero no decía nada, les miraba pero al tiempo podían sentir cómo sus pupilas les atravesaban. A veces les tocaba, con cuidado, siempre cauteloso, y cuando acababa ese leve contacto, no quedaba de él ningún recuerdo. Tan sólo una leve sensación de ausencia, como cuando el sueño acontece, despertamos y se desvanece sin poder remediarlo.

Al principio él no notó nada raro. Simplemente se levantó un día y ya no era. Hasta ese momento había tenido un lugar en el mundo, motivaciones, un pasado en el que refugiarse, un futuro al que aspirar, un presente que vivir. De repente cualquier cosa que hiciera había dejado de tener importancia.

No lo supo inmediatemente, claro está. Fueron pequeñas cosas durante el sutil transcurso  de los días. Como cuando el espejo devuelve cada mañana la imagen de tu rostro. No deja notar el cambio. Pero un mal día otro espejo en forma de foto refleja cuántos soles ha contemplado tu piel desde aquel “clic” lejano que te retrató. Y la certeza del paso del tiempo y el cambio que ha llenado de arrugas tu cara cae como una losa, aplastándote.

El hombre que dejó de ser empezó a caer en la cuenta de su propìa ausencia por pequeñas fotos, pequeñas imágenes de su vida que le hicieron recordar qué era lo que le faltaba. Un día, por ejemplo, haciendo la compra llegó a la sección de chocolates. Él siempre había sido uno de esos fanáticos del chocolate negro, amargo y auténtico. Cuando alguien le ofrecía chocolate reducido con leche, él respondía orgulloso “No gracias. Yo soy de los de chocolate de verdad.” Ese día en el supermercado, junto a los chocolates, miró el estante con todos esos colores asociados a sabores, y cogió uno al azar. No lo hizo impulsado por querer probar otro sabor. No es que aquella mañana de domingo se hubiera levantado especialmente cansado, o confundido. Nada le apremiaba. Simplemente dio igual. Otro día, haciendo la compra de nuevo, empezó a olvidarse de comprar chocolate.

Así, poco a poco, fue perdiendo esos pequeños rasgos que nos distinguen de cualquier otra persona, esos rasgos que a primera vista no son fáciles de apreciar, pero que nos hacen únicos o imprescindibles a ojos de nuestros seres queridos.

Ésto provocó una criba paulatina en la vida del hombre que dejó de ser. Como cada vez quedaba menos de él, aquellos personas que se le habían acercado por su grandeza (por pequeña que fuera) desaparecieron. Luego fueron cayendo los que se acercaron a él por lo que hacía. No es que ya no se dedicara a nada concreto, sino que cualquier cosa que realizase parecía ser totalmente intrascendente incluso para él mismo.

Iba perdiendo fuerza a medida que dejaba de ser, y al final del proceso sólo quedaron a su lado las personas que le querían precisamente porque no era nadie, más que él. Su familia y sus amigos más allegados, a pesar de no diferenciar nada distinto en él, sentían de alguna manera que les estaba dejando poco a poco.

Decidieron hablar con él, le preguntaron por su trabajo, por su día a día, por su salud. El hombre que estaba dejando de ser respondía a todas sus preguntas, pero no había ningun problema concreto, y por tanto, ninguna solución al enigma que aún era para ellos su ausencia de ser.

Un día como otro cualquiera dejaron de verle en la oficina, y nadie se extrañó. Su familia no sabía que ya no era en la oficina, y cuando se enteró, su padre fue allí a preguntar por él. “¿Quién? No sé de quién me habla”. Nadie le recordaba.

Sus padres acudieron a su casa, desesperados y preocupados. Al entrar le encontraron mirando por la ventana, arreglado. Llevaba una camisa blanca, un vaquero gastado por el uso e iba descalzo. Les miró, y su figura recortada por la luz que entraba a raudales pareció más pequeña de lo habitual.

“Hijo mío…”. Y las lágrimas y las palabras fueron un torrente sin sentido, un intercambio de golpes al aire,  de miradas y suspiros que contrariaron al hombre que estaba dejando de ser. Tras varios “con lo que tú eras…” que le contrariaron aún más, sus padres lograron sacar de sus labios secos un “no os preocupéis, todo va a cambiar”. Parecía decírselo a sí mismo más que a sus progenitores, que le miraban compungidos y cansados. Su tiempo se agotaba y eran testigos de la pérdida de una parte de su ser, de su hijo.

Después de aquel encuentro, el hombre que había dejado de ser hizo una última cosa. Llamó a su mejor amigo. Su amigo se extrañó, llevaba mucho sin llamar, pero al fin y al cabo se alegró. Charlaron animosamente sobre los viejos tiempos, rieron. De repente, un largo silencio. El hombre que había dejado de ser pronunció entonces el nombre de su amigo. Su voz sonó pesada, cansada pero resuelta, con un tono que por primera vez en mucho tiempo sonaba profundo y cargado de significado. “¿Qué quieres?” respondió su amigo.

-Recuérdame tal y como una vez fui.

Y colgó. Le buscaron en su piso, en los sitios que habían sido para él favoritos. Lo denunciaron a la policía. Pero nunca se supo nada más de él, y poco a poco su recuerdo, como su ser, desapareció.

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Hasta que uno no se ha manchado las manos de sangre no es hombre en el sentido intelectual de la palabra. Hasta que uno no tiene remordimientos, certeza de su propia oscuridad, no es ser humano lúcido y consciente. La sangre en las uñas es fundamental. ¿Por qué Ulises es sabio? Pues porque ha sobrevivido a Troya. El héroe que muere en Troya no tiene ningún problema, muere en plena gloria sin plantearse preguntas. Lo malo es cuando el héroe sobrevive y tiene que regresar a Ítaca con los muertos en la memoria, con el grito de las mujeres violadas, con la sangre en las uñas. Ulises es el héroe moderno, interesante de  verdad, el que sobrevive a Troya, el que envejece, el de canas en la barba, el que tiene memoria y horror en la memoria, el que ha bajado a la cueva de Cíclope, el que ha estado en el vientre del caballo de madera. La medalla, el signo que distingue al héroe, es tener sangre en las manos.

Arturo Pérez Reverte, entrevista completa en QUE LEER, nº 152, Marzo 2010, págs. 64-68

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No estaba mal.

Había conseguido terminar el primer movimiento de la pieza, y sólo había cometido un error digno de mención. Además, dudaba de que aquel grupillo de amigos que había juntado en el auditorio supiese notar la diferencia, y si lo hacían, no tenía importancia. Aquello era sólo un ensayo.

No sería lo mismo ante el comité de evaluación. Miembros reputados de todo el país, músicos la mayoría, compositores un par que supiese, algún que otro mandamás. Mirarían con lupa todos sus movimientos, y aún interpretando bien a Rachmaninov, sabía que no sería suficiente. Tendría que dotar a la pieza de vida, de un rasgo único que sólo él fuera capaz de darle, un toque de originalidad, pasión y mesura que les convenciera definitivamente de que él y no otra joven promesa del piano se merecía aquella importane beca, la más prestigiosa del país.

Algo no obstante le decía una y otra vez que no estaría a la altura. Este susurro que le martilleaba la sien, difuso pero continuo, contrastaba con todas las frases que había ido acumulando y sobando en su oído, en su aparato auditivo real. Desconocidos, familiares, amigos íntimos y amigos de conveniencia, todos ellos se habían empeñado en vocear una y otra vez su admiración, lo mucho que significaba él para ellos, todo el talento que tenía y lo especial que era. Pero estaba solo. Ahora, frente al piano, se miró las manos, apoyadas en las rodillas; observó el ligero temblor que sentía en el anular izquierdo.

“Soy imperfecto. Soy normal. No quiero más sonrisas condescendientes ni alabanzas estúpidas. Aquí no hacen otra cosa que lastrarme. ¿Cómo voy a conseguir nada con semejante bagaje de tonterías?”. Cerró los ojos.

-¿Estás bien??

Miró hacia arriba. Él estaba allí. Aún no había llegado a memorizar la partitura, y necesitaba de alguien que pasase las hojas mientras tocaba. Cuando empezó a ensayar pensó que sólo le quería a él para que le ayudara. Recordaba cómo se anotó mentalmente la tarea de avisarle, y de cómo no hizo falta ni separar los labios. Le miró un día en el comedor y fue su amigo el que le pidió acompañarle en los ratos de ensayo, apoyarle durante su preparación. Y ahí le tenía. Sonriéndole. Podría decir sin temor a equivocarse que gracias a su amigo había llegado hasta el dia de hoy sin abandonar.

De súbito, cayendo en la cuenta de algo obvio, sintió una sacudida. Se abrieron los ojos de su ser, y vió, por fin. Podríamos matizar. No veía; por primera vez miraba.

Él sentado, temblando. Su amigo, de pie, sonriendo. Él ante un auditorio semivacío. Su amigo, rodeado siempre de amigos. Él frente a un piano, angustiado, luchando siempre con las teclas. Su amigo, acariciando la guitarra, correspondiendo  acordes íntimos. Él, solo, perdido, batallando por algo que no sabía si quería, por algo que había que hacer. Su amigo, simplemente viviendo. Sonriendo.

Se preguntó ante tales comparaciones, ante tantos contrastes cómo había llegado a esa situación. Maldita sea, se sentía separado de sí mismo, metido en un traje que no paraba de incomodarle a cada movimiento.

Miró hacia el público girando levemente la cabeza; estaban espectantes. Habían sido ellos. Sin quererlo poco a poco habían tejido un futuro, una vida, un “ser” proyectando sus anhelos y halagos en él, ejerciendo de sastres de una cáscara rígida y ajena. De un ataúd que llevaba su nombre.

Volvió a girar la cabeza y proyectó la sombre de su abandono sobre los ojos de miel que le miraban desde la partitura.

” Ya no seré nunca más un desconocido”

Se levantó, agarró el cuaderno con las notas de Rachmaninov, lo cerró con frialdad ante la extrañeza de su amigo y de los asistentes y emprendió el camino de regreso a su vida.

Nunca más volvió a tocar el piano.

NOTA: Suceso real (hasta donde llegan los meros hechos que filtran estas florituras lingüisticas) que me narró de viva voz el que estuvo sosteniendo la partitura.


Verano 2009

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