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Posts Tagged ‘sonrisa’

Y seguimos aquí.

Dibujando sin tener nada que ver. Esperando sentados a que pase nuestro destino y le reconozcamos, con la ilusión de que la felicidad nos de un par de toques en el hombro.

Dame una cerveza y alguien con quien hablar. Seré capaz de sacar mi mejor sonrisa. Dame algo por lo que luchar, y seré el más valiente de tus guerreros, porque valiente es aquel que tiene miedo y nada por lo que seguir viviendo. Luchar. Sangre sudor y silencio.

En cambio tú, allí sentada, grácil, pareces levitar; tu pelo huele a jazmín desde aquí. Deliro. Mis ojos temen cruzarse con tus pupilas y quedar allí prendidos.

Si no hubiera espejos, si sólo fuéramos capaces de ver lo que nuestra mente siente, tú serías más feliz y yo contigo, porque sería capaz por fin de asomarme a lo más hondo de tu mirada y reconocerme allí en calma.

Gracias por la vida, gracias por estar ahí con los músculos relajados y el mirar perdido esperando la música; mi música. Las notas del atardecer nos abrazan, y nuestros cuerpos acompasados buscan improvisar la sinfonía eterna, esa que lleva sonando desde el principio de los tiempos.

Piel, corazón y sangre. ¿Cómo pudieron esculpir tal David de tan sólo piedra muerta? Piedra salvaje hay en cada montaña, y a pesar de haber montañas en todo el horizonte, no hay figura que se recorte en mis crepúsculos como la de tu cuerpo.

Malditos todos aquellos que sólo miran, ocisosos, su ombligo, regodeándose de su redondez. Maldito yo, entonces, y también mis pervertidas intenciones; ojalá arda en el infierno por pretender hacer de la vida tan sólo un acto vital. Respirar. Mirar. Besar. Soñar. Amar. Caminar.

Y mientras tanto tus labios suspiran y palpitan recordando un tiempo que nunca fue y, sin embargo, existió en tí y en mí.

A. G. G. – 2010

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No estaba mal.

Había conseguido terminar el primer movimiento de la pieza, y sólo había cometido un error digno de mención. Además, dudaba de que aquel grupillo de amigos que había juntado en el auditorio supiese notar la diferencia, y si lo hacían, no tenía importancia. Aquello era sólo un ensayo.

No sería lo mismo ante el comité de evaluación. Miembros reputados de todo el país, músicos la mayoría, compositores un par que supiese, algún que otro mandamás. Mirarían con lupa todos sus movimientos, y aún interpretando bien a Rachmaninov, sabía que no sería suficiente. Tendría que dotar a la pieza de vida, de un rasgo único que sólo él fuera capaz de darle, un toque de originalidad, pasión y mesura que les convenciera definitivamente de que él y no otra joven promesa del piano se merecía aquella importane beca, la más prestigiosa del país.

Algo no obstante le decía una y otra vez que no estaría a la altura. Este susurro que le martilleaba la sien, difuso pero continuo, contrastaba con todas las frases que había ido acumulando y sobando en su oído, en su aparato auditivo real. Desconocidos, familiares, amigos íntimos y amigos de conveniencia, todos ellos se habían empeñado en vocear una y otra vez su admiración, lo mucho que significaba él para ellos, todo el talento que tenía y lo especial que era. Pero estaba solo. Ahora, frente al piano, se miró las manos, apoyadas en las rodillas; observó el ligero temblor que sentía en el anular izquierdo.

“Soy imperfecto. Soy normal. No quiero más sonrisas condescendientes ni alabanzas estúpidas. Aquí no hacen otra cosa que lastrarme. ¿Cómo voy a conseguir nada con semejante bagaje de tonterías?”. Cerró los ojos.

-¿Estás bien??

Miró hacia arriba. Él estaba allí. Aún no había llegado a memorizar la partitura, y necesitaba de alguien que pasase las hojas mientras tocaba. Cuando empezó a ensayar pensó que sólo le quería a él para que le ayudara. Recordaba cómo se anotó mentalmente la tarea de avisarle, y de cómo no hizo falta ni separar los labios. Le miró un día en el comedor y fue su amigo el que le pidió acompañarle en los ratos de ensayo, apoyarle durante su preparación. Y ahí le tenía. Sonriéndole. Podría decir sin temor a equivocarse que gracias a su amigo había llegado hasta el dia de hoy sin abandonar.

De súbito, cayendo en la cuenta de algo obvio, sintió una sacudida. Se abrieron los ojos de su ser, y vió, por fin. Podríamos matizar. No veía; por primera vez miraba.

Él sentado, temblando. Su amigo, de pie, sonriendo. Él ante un auditorio semivacío. Su amigo, rodeado siempre de amigos. Él frente a un piano, angustiado, luchando siempre con las teclas. Su amigo, acariciando la guitarra, correspondiendo  acordes íntimos. Él, solo, perdido, batallando por algo que no sabía si quería, por algo que había que hacer. Su amigo, simplemente viviendo. Sonriendo.

Se preguntó ante tales comparaciones, ante tantos contrastes cómo había llegado a esa situación. Maldita sea, se sentía separado de sí mismo, metido en un traje que no paraba de incomodarle a cada movimiento.

Miró hacia el público girando levemente la cabeza; estaban espectantes. Habían sido ellos. Sin quererlo poco a poco habían tejido un futuro, una vida, un “ser” proyectando sus anhelos y halagos en él, ejerciendo de sastres de una cáscara rígida y ajena. De un ataúd que llevaba su nombre.

Volvió a girar la cabeza y proyectó la sombre de su abandono sobre los ojos de miel que le miraban desde la partitura.

” Ya no seré nunca más un desconocido”

Se levantó, agarró el cuaderno con las notas de Rachmaninov, lo cerró con frialdad ante la extrañeza de su amigo y de los asistentes y emprendió el camino de regreso a su vida.

Nunca más volvió a tocar el piano.

NOTA: Suceso real (hasta donde llegan los meros hechos que filtran estas florituras lingüisticas) que me narró de viva voz el que estuvo sosteniendo la partitura.


Verano 2009

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